El concierto de ayer estuvo dirigida por Thierry Fischer, batuta oficial de la OSCyL; el solista invitado fue el violinista ruso Sergei Dogadin, quien sustituyó, por razones de salud, a Daniel Lozakovich. Las obras elegidas, una vez más, fueron del periodo romántico, de Johannes Brahms, aunque la segunda parte pasada por el inmenso talento de Arnold Schönberg, esta vez en el buen sentido, ahora lo explico.
La primera parte del concierto fue para el Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 77 de Brahms. Parece ser que Brahms consultó a su amigo, el insigne violinista Joseph Joachim, quien debió influir notabilísimamente en la partitura final, pues las exigencias al solista son verdaderamente infernales. El concierto está dividido en tres movimientos: Allegro non troppo, Adagio y Allegro giocoso, ma non troppo vivace. El primer movimiento es sin duda el menos afortunado, con un solo de violín de varios minutos que si bien permite el lucimiento del solista, aburre soberanamente al espectador. El mero hecho de ver durante minutos y minutos a los músicos de la orquesta con el instrumento en las rodillas, mirando con aburrimiento al solista, ya deja una sensación soporífera, por mucho que, ya digo, Dogadin estuviera impecable. El movimiento intermedio, el Adagio, al no tener ese solo y contener, por otro lado, unas frases musicales mucho más reconocibles se hace más ameno. Por último, el tercer movimiento recupera al público con melodías y ritmos enérgicos, sin aburridos solos.
Sergei Dogadin estuvo magnífico, su dominio de la obra salvó el concierto. Para bis escogió una obra popular, con arraigo español (muy típico en instrumentistas de allende las fronteras, que quieren empatizar con el público español), la Fantasía flamenca de Aleksey Igudesman, que, una vez más, exige unas virguerías extraordinarias al violinista, algo que los espectadores aprecian y premian con un largo aplauso.
Después del descanso, de nuevo Brahms, con su Cuarteto con piano nº1 en sol menor, pero pasado por el talento como arreglista y adaptador a orquesta de Arnold Schönberg. Y claro, un servidor (y otros muchos, estoy seguro) se echa a temblar cuando se menciona a Schönberg, por mucho que se sepa que previo al desbarre insoportable del dodecafonismo, era un talentoso compositor además de arreglista. Y precisamente aquí es lo que hizo: arreglar y adaptar una obra para cuarteto con piano a orquesta sinfónica completa (en el sentido romántico además, con percusión y viento metal a tutiplén). El resultado, desde luego, fue óptimo, convirtiéndola en una obra de una fuerza arrolladora, que algunos musicólogos han llegado a equiparar a una sinfonía del compositor hamburgués. La obra está estructurada en cuatro movimientos: Allegro, Intermezzo, Andante con moto y Rondo alla Zingarese (Presto), de los cuales el más interesante sin duda es el último, cuando se aprovecha a toda la cuerda para recuperar melodías gitanas, algo muy característico y admirado de Brahms, recordándonos a todos las magníficas Danzas húngaras que tanto prestigio dieron al compositor alemán.
















