Es un gran acierto, logrado en toda esta comunidad autónoma, el "reciclaje" de edificios religiosos para darles una nueva finalidad, la cultural. Que nadie se equivoque, de donde primero proviene el interés de hacer estos cambios es de la propia Iglesia católica a través de sus diócesis y archidiócesis. Y es normal, pensemos que muchos de esas iglesias, conventos y monasterios están prácticamente abandonados, a los sumo habitados por dos o tres religiosos ancianísimos que ya no pueden ni con su alma. Con buen criterio, las órdenes religiosas van cerrando esos centros y reubicando a sus moradores en otros donde podrán ser mejor atendidos. Así, los edificios quedan abandonados, sufriendo el durísimo clima de la región, amenazados de ruina en pocos años. Y, de nuevo, que nadie se equivoque: que se les dé un nuevo uso a edificios religiosos no supone merma, ofensa alguna ni desaire a la religiosidad en general. Los edificios son desacralizados por la propia Iglesia y se convierten en edificios corrientes y molientes, como cualquier otro. Después de eso, tras reformas más o menos complejas, las iglesias, conventos y monasterios pueden ser reutilizados como salas de exposición, galerías o incluso, se está haciendo ahora mismo, en un museo del vino. Con ese pasado hay dos salas de exposiciones en la capital del Pisuerga, la Sala de las Francesas, sita en la antigua iglesia del Convento de las Francesas, o la Sala de la Pasión, que fuera antes la iglesia homónima. Bien, todo esta introducción sirve para dar pie a la fugaz visita que he hecho esta mañana, apenas cinco minutos. La exposición, como su nombre indica, es sobre la obra del pintor hiperrealista Augusto Ferrer-Dalmau, talentosísimo pintor especializado en la recreación de historia militar española. El hiperrealismo no es mi estilo preferido, ni la historia militar la temática que más me gusta, pero tengo ojos en la cara y sensibilidad suficiente para reconocer que Augusto Ferrer-Dalmau es un pintor de un talento difícilmente alcanzable, algo a lo que hoy casi nadie llega. No me cabe duda que lo de Ferrer-Dalmau es un don que sólo los grandes como Velázquez, Goya y otros pocos disfrutaron, por ello creo que cuantas más exposiciones de este sobresaliente pintor se realicen, tanto mejor. Ahora bien, ya digo, mi visita ha sido fugaz, y ha sido porque, tras disfrutar de una obra de Ferrer-Dalmau durante unos minutos, he leído un extracto de la arenga del teniente coronel Primo de Rivera (por cierto, tío de Miguel Primo de Rivera y, por tanto, tío-abuelo de José Antonio Primo de Rivera), y, tras leer esa arenga, he cortocircuitado.
Ese es el cuadro de Ferrer-Dalmau, Carga del río Igan por el Regimiento Alcántara, sin duda una obra de un dramatismo y un dinamismo tan sólo posible por asombrosos artistas como Augusto Ferrer-Dalmau.
El extracto de la arenga del teniente coronel Fernando Primo de Rivera estaba situado justo encima del óleo, era éste:
Por si no se lee bien, lo transcribo: "¡Soldados! Ha llegado la hora del sacrificio. Que cada cual cumpla con su deber. Si no lo hacéis, vuestras madres, vuestras novias, todas las mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos." Teniente Coronel Fernando Primo de Rivera.
En fin, soy hijo de mi tiempo, a Dios doy gracias. Vivimos en 2026 en un país occidental, como tal pienso y actúo. Pero nací y fui criado en una familia ultraconservadora que me tatuó a sangre y fuego ideales y formas de pensar que ya estaban obsoletas cuando me las inculcaron en los años 70 y 80 del pasado siglo. Como buen imbécil, más por querer agradar a mi padre que por otra cosa, hice el servicio militar, la famosa "mili", entre septiembre de 1991 y septiembre de 1992. No fue tan malo aquel estúpido periodo, aunque, a mis veintiún años lo pasara vestido "de primera comunión" viendo como adultos idiotizados de uniforme se comportaban como niños (esto, sin el uniforme, lo sigo viendo a diario), pero sí fue una pérdida absoluta de tiempo y una forma de plegarse a una tradición ya periclitada y obsoleta. Bien, el tiempo sigue pasando, cambia la sociedad, cambian los modos de vivir, llega una revolución social llamada "feminismo de nueva ola" que indirectamente llama maltratador a cualquier hombre por el mero hecho de serlo. Yo, en mi machismo recalcitrante, soy quien limpia mi casa a diario, compra y cocina, mientras mi mujer trabaja.
Sé que han pasado ciento cinco años (la carga del río Igan tuvo lugar en 1921), pero lo cierto es que lo que ocurrió allí no se ha reparado (no se pueden reparar las muertes, no valen el dinero, las medallas ni los homenajes). Lo que quiero decir es que cuando el teniente coronel arengaba a sus soldados, chicos de veinte años o menos, a cumplir con el deber (morir en batalla, vamos) para que "sus madres, sus novias y las mujeres españolas no les llamaran cobardes" sólo conseguía rentabilizar el sentimiento de culpa de pobres chicos sin experiencia en la vida que acabarían muriendo en un secarral del Rif para que sus madres, sus novias y las mujeres españolas se quedaran tranquilas en casita. ¡Qué imbéciles hemos sido los hombres desde tiempo inmemorial! Esos chicos murieron por supuestamente defender a sus novias (que al día siguiente de enterarse ya estarían con otro) y derramaron su sangre gota a gota. Cien años después, en su mismo país, los hombres en general son considerados seres violentos, primarios y brutos, incapaces de tener otros intereses más que "follar y comer" (así, al menos, me trató mi madre toda la vida). En fin, tras semejante borrasca mental, no he podido seguir con la exposición y he salido a despejarme dando un paseo.

















