La OSCyL estuvo dirigida anoche por la neozelandesa Gemma New; el papel solista recayó en la talentosísima violinista estadounidense Esther Yoo. Concierto, una vez más, contrastante, con las nuevas tendencias representadas por la compositora Salina Fisher, las ya casi centenarias composiciones del gran director Leonard Bernstein y la obra maestra del gran Nicolái Rimski-Kórsakov.
A un servidor, en su humilde ignorancia, le interesa saber qué derroteros ha tomado la música culta en los últimos tiempos, y gracias a la introducción de estos compositores contemporáneos (Salina Fisher sólo tiene treinta y dos años) se aprecian distintas líneas estilísticas, además de diferentes calidades, obviamente, y se puede hipotetizar hacia dónde va la música culta. En todo caso, a juzgar por lo que se programa en los auditorios actualmente, me temo que las sublimes calidades conseguidas siglos atrás no estén al alcance de los compositores contemporáneos. Mirándolo desde un punto de vista positivo, hemos de congratularnos de vivir en una época en la que la reproducción musical de alta fidelidad es fácilmente asequible, para no tener que esperar a la interpretación en vivo en las distintas salas de concierto (a las que, por otro lado, también es fácil acceder hoy en día), con lo que podemos disfrutar de nuestra bella afición con una cotidianeidad absoluta.
Así pues, el concierto comenzó con la obra Rainphase de la también neozelandesa Salina Fisher. Es una obra más cercana a la música incidental cinematográfica que a la música culta. La propia compositora admite que su intención era la de plasmar la "lluvia en Nueva Zelanda" (ignoro si la lluvia en aquel país austral es muy diferente de la del resto del planeta). Lo cierto es que lo logra, consiguiendo, como su nombre indica, representar distintas "fases" dentro de la lluvia, desde un simple goteo hasta la lluvia torrencial, así como el distinto sonido que provoca el susodicho meteoro en función de la superficie contra la que golpee. Fisher lo consigue al utilizar todos los instrumentos de percusión indeterminada, a muchos de los cuales el gran público no sabe ponerle nombre, como los idiófonos, triángulo, caja china, güiro, carraca y demás. Todo muy espectacular, disfrutando uno más como espectador que como oyente. En todo caso, como apuntaba antes, más parece música incidental de una película que música sinfónica.
El genial director de orquesta Leonard Bernstein compuso su Serenata para violín y orquesta en 1954, es decir, años antes de la banda sonora de la famosísima West Side Story, obra también del director de Massachusetts. Y, recordando melodías inolvidables como aquella de Maria o America, las semejanzas con la Serenata para violín y orquesta son evidentes, especialmente en el último movimiento, que es jazz puro. Uno casi espera que salgan los bailarines ataviados con ropa de los años cincuenta para bailar conjuntamente en los callejones de los depauperados barrios de Nueva York. El resto de la obra es menos impactante y, desde luego, lo que no se encuentra en ningún momento es la relación con Platón y los distintos diálogos con otros tantos filósofos griegos. La música, por muy sinfónica que sea, es muy de mediados del siglo XX, no hay referencia alguna a la Grecia clásica.
La violinista Esther Yoo estuvo espléndida, la verdad. La obra de Bernstein es excelente para que se luzca alguien tan virtuoso como ella. Más discutido fue el bis con el que obsequió al auditorio, unas variaciones de Yankee Doodle, canción popular americana, que, por sus connotaciones patrioteras, no gustan mucho a este lado del Atlántico. Obviamente, música es música, y obviando esas connotaciones, las variaciones de esa musiquilla permitían todo tipo de virguerías instrumentales que sí encandilaron a la mayor parte del público. Mi opinión: excelente interpretación de una melodía equivocada.
Después del descanso, el plato fuerte, la obra cumbre de Nikolái Rimski-Kórsakov, Sherezade. Una obra enérgica, poderosa, con cuatro movimientos redondos capaces de levantar al público de sus asientos. El compositor ruso se inspiró en Las mil y una noches, recopilación medieval de cuentos escritos en árabe que narran la historia del sultán Shahriar, quien considera infieles a todas las mujeres tras haber sido traicionado por una de ellas, y ordena que le traigan cada noche a una de ellas para ejecutarla a la mañana siguiente. Una de ellas, Sherezade, idea cada noche una brillante historia que cuenta al sultán, sin desvelarle el final, con lo que Shahriar no puede asesinarla por la mañana. Tanto acaba por intrigar al sultán, que éste se acaba enamorando de la joven.
En la obra hay dos motivos musicales recurrentes, el del sultán y el de Sherezade. El primero incluye el viento metal al completo dando melodías enérgicas de ritmo acelerado; el segundo se basa de una melodía más melosa ejecutada por el violín solista. En el día de ayer, el concertino, Luis M. Suárez, interpretó a la perfección la seducción de Sherezade en sus cuatro cuerdas, con la sensualidad y la inteligencia que Rimski-Kórsakov otorgó a la concubina del sultán.
















