sábado, 7 de marzo de 2026

XX edición del Salón del Cómic y el Manga de Castilla y León.

  ¡Parece mentira! Ya son veinte los años que se lleva celebrando el Salón del cómic y el manga en la capital del Pisuerga. Reconozco que un servidor hubiera augurado poco  futuro a un evento de este tipo en un territorio tan conservador como CyL; sin embargo, me equivoqué, claramente. Esta mañana he paseado por la Feria de muestras y el lleno era total, más o menos como en años precedentes.
 Y, al igual que decía en años anteriores, es más un salón para manga (por cierto, aprovecho para pedir a la RAE que incluya en el vocablo "manga" la acepción "cómic" o "cómic de origen japonés", ya que es un término de uso común en la juventud actual) que para el cómic; predomina, con mucho, el merchandisisng sobre los productos editoriales. En todo caso, es más un evento lúdico que literario.

lunes, 2 de marzo de 2026

"La señorita Mackenzie", de Anthony Trollope.

  La señorita Mackenzie fue publicada íntegramente en 1865; es una novela independiente, en el sentido de que no pertenece ni a las Crónicas de Barchester ni a las Novelas de Palllister, grupos de novelas en las que el autor no sólo repetía ambientación, sino también personajes y, hasta cierto punto, argumento y temas. Como siempre digo, el argumento en Trollope es lo de menos. Lo de más es la extraordinaria capacidad que tiene de pergeñar personajes absolutamente redondos, con personalidades definidas, que evolucionan en el tiempo. No me cabe duda de que Anthony Trollope fue un gran conocedor del alma humana, pues describe hombres y mujeres que son totalmente verosímiles, podrían ser nuestros coetáneos, pues los sentimientos y raciocinios no varían con el tiempo. Por otro lado, para verlo desde otro punto de vista, y recordando que soy un ferviente admirador de la literatura victoriana, siempre dije que ésta es una "literatura de té y pastas", injusta broma mía con la que afirmo que los destinatarios principales de todas esas novelas eran señoronas y señorones (en esta novela, más las primeras, ahora explicaré por qué) de vida regalona que querían dedicar un par de horas diarias a la lectura de novelas de moda para así luego poder comentarla con sus amistades. Broma injusta, lo sé. Pero no la retiro. En el caso concreto de La señorita Mackenzie opino que el destinatario dilecto de Trollope eran las damas, y no sólo porque el personaje principal fuera una joven (joven ahora, porque en 1865 una mujer de treinta y seis años era ya una solterona), sino porque todas las consideraciones, reflexiones, dimes y diretes van dirigidas hacia las lectoras, que debieron disfrutar de lo lindo imaginándose ser ellas la famosa señorita, agraciada primero con una fortuna e, inmediatamente, por tres pretendientes. La señorita Mackenzie, pues, estaba destinada, principalmente, a mujeres de edad madura y alta cultura, que en la Inglaterra victoriana no creo que superasen el quince o veinte por ciento de la población total. En todo caso, ojalá hoy leyeran a Trollope el quince o veinte por ciento de la población total, no se escucharían tantas estupideces como se escuchan en los medios de comunicación.
  El argumento de la novela se basa en una mujer de treinta y seis años (este dato no es baladí, pues en aquella época ya se la consideraba una solterona sin remedio) que se había dedicado a cuidar de su enfermo hermano Walter hasta la muerte de éste. Recibirá en herencia una pequeña fortuna que la catapultará socialmente y... claro, aparecen los pretendientes antes inexistentes. Tres serán los tipos que se interesan por Margaret Mackenzie: Samuel Rubb, apuesto hombre de negocios de cuarenta años, que comparte inversión con el otro hermano de Margaret; Jeremiah Maguire, coadjutor anglicano de espectacular estrabismo; y John Ball, primo de Margaret, calvo (se hace especial mención de ello) y viudo, con nueve hijos a su cargo. Ninguno de los tres, claro está, tiene un chelín, la sospecha de que quieren dar un braguetazo está implícita en la descripción de los tres admiradores. Margaret, ya dueña del dinero, se muda a una ciudad balneario ficticia llamada "Littlebath", que unos identifican con las ciudades reales de Bath o de Cheltenham, en cualquier caso una pequeña ciudad con mucha gente ociosa y sin las aglomeraciones de Londres. Allí conocerá a un reverendo, Stumfold (porque en las novelas de Trollope, ya lo sabe el lector, es imprescindible que haya religiosos anglicanos, igual que nobleza baja rural), que tiene su propio grupo de fieles y seguidores, que atacarán con dureza por envidia y rencor a Margaret. Aquí, como también es frecuente en el autor, la mujer del reverendo (Trollope la llama "Santa Stumfolda") es la voz cantante de ese grupo, una mujer cruel y despiadada que pondrá a toda la pequeña ciudad de Littlebath contra la recién llegada. Maguire es coadjutor, precisamente, en la parroquia de Stumfold.
 La situación se complicará más con dos reveses económicos de Margaret, uno pequeño y el otro definitivo. El pequeño es que Rubb le pide dinero para comprar unos terrenos junto con su hermano, argumentando que luego los hipotecarán y pondrán esa hipoteca a nombre de Margaret, pero lo cierto es que la hipoteca estará a nombre de una tercera persona; eso y que el negocio de telas enceradas que Rubb tiene con el hermano va de mal en peor supone que Margaret pierda el dinero que supuestamente les presta. Pero el revés económico definitivo es de tipo testamentario, porque resulta que la herencia de Walter, el hermano enfermo de la protagonista, está mal documentada, de modo que el dinero heredado por Margaret no le corresponde, tiene que devolverlo todo  precisamente a la familia (a la madre) de John Ball. Así, de un día para otro, Margaret Mackenzie pasa de ser una rica heredera a no tener nada de nada, de nuevo. Sin embargo, los pretendientes, al menos dos de ellos, siguen tras ella. Rubb queda descartado por su comportamiento deshonesto con la famosa hipoteca, pero Maguire sigue encaprichado con ella y Ball, a pesar de ser rico ahora, sigue bebiendo los vientos por Margaret. Maguire, celoso y viéndose como perdedor, trata de crear un escándalo social (en 1865, recordemos) publicando una serie de artículos difamatorios en los que, sin llegar a nombrarlos, equipara a Ball y a Margaret con un león y un cordero, en el sentido bíblico. A pesar de ello, o, mejor dicho, precisamente por ello, John Ball y Margaret Mackenzie, primos lejanos, acaban casándose.
 Pero, ya digo, el argumento es un poco lo de menos, lo mejor es sumergirse en la maravillosa forma de narrar de Trollope, cómo describe a sus personajes y las relaciones entre ellos, cómo los hace evolucionar en función de lo que acontece, cómo mueve al lector hacia sus sentimientos y sufrimientos... Trollope es, precisamente, un maestro de los sentimientos, por eso digo, perdón por el burdo estereotipo, que las lectoras lo entenderían mejor que los lectores, pero claro, todo depende de la sensibilidad que se tenga y eso, estereotipos al margen, depende del individuo.
 Una gran novela. Si decía Oscar Wilde: "la literatura es la forma más agradable de ignorar la vida", entonces leer a Trollope es la ocupación más agradable  y adictiva para olvidar los sórdidos tiempos que nos han tocado vivir.

viernes, 27 de febrero de 2026

Inciso musical: concierto extraordinario de la temporada 25-26. Orquesta invitada: Orchestra della Toscana. Obras de Schumann, von Weber, Schubert y Mendelssohn.

  Ayer tuvo lugar el habitual concierto extraordinario que todas las temporadas se programa desde el Auditorio Miguel Delibes. La orquesta invitada fue la Orchestra della Toscana, dirigida por Diego Ceretta. El solista invitado fue el también italiano Kevin Spagnolo. El repertorio es, claramente, una plena incursión en el Romanticismo alemán, aunque con referencias italianas en lo que corresponde a Schubert y Mendelssohn. Con respecto al programa, eso sí, se modificó la obra de Schubert, interpretándose la Obertura en estilo italiano en do mayor, D. 591 en lugar de la anunciada Obertura en estilo italiano en re mayor, D. 590; el resto del programa se cumplió a rajatabla. La Orchestra della Toscana cumplió excelentemente con su cometido, con un desempeño limpio y virtuosista, dirigida enérgicamente por la joven batuta de Ceretta. Con respecto al clarinetista Kevin Spagnolo, su inmenso talento como instrumentista, unido a su carisma personal y entrega llevaron al público del Miguel Delibes a aplausos sin fin que "obligó" al solista a regalar dos espléndidos bises.
 Para abrir boca se interpretó la Obertura, scherzo y finale en mi mayor, op. 52 de Schumann, una obra singular en cuanto que carece de un movimiento lento para convertirse en una sinfonía por derecho propio. Así, para citarla han de nombrarse sus tres movimientos constitutivos, pues antes fue citada como "Sinfonietta" sin que acabara de calar este denominación. Es una obra notable, no obstante, con una obertura luminosa y optimista, una energía desbordante en el scherzo, y un rotundo finale que piden a gritos ese movimiento lento, ese adagio, para que fuera esa sinfonía sobresaliente. El desempeño de la Orchestra della Toscana fue exquisito, sus cuarenta músicos, todos italianos, interpretaron con sobrado talento las amables melodías de Schumann.
 El Concierto para clarinete nº2 en mi bemol, op. 74 es un enérgico concierto dividido en tres movimientos: Allegro, Romanza: andante con moto y Alla polacca en las que el virtuosismo del clarinete solista ha de lucir con brillo propio. En primer lugar, la compenetración entre la Orchestra della Toscana y Kevin Spagnolo, a través del "pegamento" del director Ceretta funcionó a las mil maravillas. La notable expresividad de Spagnolo, un músico con "carisma de ángel", todo sonrisas y movimientos acompañantes, dio una teatralidad que gusta mucho al respetable, que siente y entien mejor la música de von Weber. 
 El largo aplauso del público fue premiado por Spagnolo con dos bises: una variación que suponía un homenaje a Falla en el que intercaló las melodías más conocidas del pasodoble España cañí, y una apasionante composición del clarinetista Béla Kovacs sobre una melodía tradicional klezmer. Los dos bises, pero sobre todo el segundo, interpretado con otro clarinetista italiano, con su alegría de vivir típicamente judía agradó sobremanera al público, que le otorgó un larguísimo aplauso preñado de bravos.
 Franz Schubert fue un genial compositor capaz de crear diez sinfonías, más de seiscientas composiciones para piano y voz solista, ocho oberturas orquestales y más de cincuenta obras de cámara antes de morir, con tan sólo treinta y un años. Su Obertura en estilo italiano en do mayor, D. 591 es una amable obra romántica con toda la fuerza de un joven Beethoven, por ejemplo, pero con la dulzura propia de las obras de Schubert. Una vez más, la Orchestra della Toscana demuestra su maestría al interpretar fiel pero vehemente la obra.
 Pero es con la Sinfonía nº4 (Italiana) de Felix Mendelssohn donde la orquesta invitada ayer dio su do de pecho. Sus cuatro movimientos (Allegro vivace, Andante con moto, Con moto moderato y Saltarello: Presto) la convierten en una de las obras románticas favoritas de muchos melómanos, entre los que un servidor se encuentra. El Allegro vivace  parece querer remedar la belleza del paisaje italiano y su clima, con un ritmo enrabietado que hace las delicias de los oyentes. El Andante con moto es un elegante movimiento; especialmente atrayente es la melodía de los contrabajos, que supone un contrapunto delicioso al resto de las cuerdas.  Con moto moderado es, en realidad, un minueto, que de nuevo tiene la elegancia como una de sus características centrales. La sinfonía acaba con el Saltarello: Presto, que evoca una tarantela, el conocido baile de la Italia meridional, con su ritmo frenético y apasionante.
 Suelo decir que la programación ofrecida en el Auditorio Miguel Delibes es contrastante, pero en el día de ayer todo giró en torno al Romanticismo alemán, que incluso sin las inmensas figuras de Beethoven o Brahms llega a un nivel celestial. Por otro lado, la excelente interpretación de la Orchestra della Toscana y, sobre todo, la del genial clarinetista Kevin Spagnolo regalaron ayer uno los mejores conciertos vividos por un servidor en los últimos tiempos.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Inciso cultural (pictórico) y social (con un poco de acritud): Exposición "Imágenes de la Historia. Ferrer-Dalmau".

  Es un gran acierto, logrado en toda esta comunidad autónoma, el "reciclaje" de edificios religiosos para darles una nueva finalidad, la cultural. Que nadie se equivoque, de donde primero proviene el interés de hacer estos cambios es de la propia Iglesia católica a través de sus diócesis y archidiócesis. Y es normal, pensemos que muchos de esas iglesias, conventos y monasterios están prácticamente abandonados, a los sumo habitados por dos o tres religiosos ancianísimos que ya no pueden ni con su alma. Con buen criterio, las órdenes religiosas van cerrando esos centros y reubicando a sus moradores en otros donde podrán ser mejor atendidos. Así, los edificios quedan abandonados, sufriendo el durísimo clima de la región, amenazados de ruina en pocos años. Y, de nuevo, que nadie se equivoque: que se les dé un nuevo uso a edificios religiosos no supone merma, ofensa alguna ni desaire a la religiosidad en general. Los edificios son desacralizados por la propia Iglesia y se convierten en edificios corrientes y molientes, como cualquier otro. Después de eso, tras reformas más o menos complejas, las iglesias, conventos y monasterios pueden ser reutilizados como salas de exposición, galerías o incluso, se está haciendo ahora mismo, en un museo del vino. Con ese pasado hay dos salas de exposiciones en la capital del Pisuerga, la Sala de las Francesas, sita en la antigua iglesia del Convento de las Francesas, o la Sala de la Pasión, que fuera antes la iglesia homónima. Bien, todo esta introducción sirve para dar pie a la fugaz visita que he hecho esta mañana, apenas cinco minutos. La exposición, como su nombre indica, es sobre la obra del pintor hiperrealista Augusto Ferrer-Dalmau, talentosísimo pintor especializado en la recreación de historia militar española. El hiperrealismo no es mi estilo preferido, ni la historia militar la temática que más me gusta, pero tengo ojos en la cara y sensibilidad suficiente para reconocer que Augusto Ferrer-Dalmau es un pintor de un talento difícilmente alcanzable, algo a lo que hoy casi nadie llega. No me cabe duda que lo de Ferrer-Dalmau es un don que sólo los grandes como Velázquez, Goya y otros pocos disfrutaron, por ello creo que cuantas más exposiciones de este sobresaliente pintor se realicen, tanto mejor. Ahora bien, ya digo, mi visita ha sido fugaz, y ha sido porque, tras disfrutar de una obra de Ferrer-Dalmau durante unos minutos, he leído un extracto de la arenga del teniente coronel Primo de Rivera (por cierto, tío de Miguel Primo de Rivera y, por tanto, tío-abuelo de José Antonio Primo de Rivera), y, tras leer esa arenga, he cortocircuitado.
 Ese es el cuadro de Ferrer-Dalmau, Carga del río Igan por el Regimiento Alcántara, sin duda una obra de un dramatismo y un dinamismo tan sólo posible por asombrosos artistas como Augusto Ferrer-Dalmau.
 El extracto de la arenga del teniente coronel Fernando Primo de Rivera estaba situado justo encima del óleo, era éste:
 Por si no se lee bien, lo transcribo: "¡Soldados! Ha llegado la hora del sacrificio. Que cada cual cumpla con su deber. Si no lo hacéis, vuestras madres, vuestras novias, todas las mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos." Teniente Coronel Fernando Primo de Rivera.
 En fin, soy hijo de mi tiempo, a Dios doy gracias. Vivimos en 2026 en un país occidental, como tal pienso y actúo. Pero nací y fui criado en una familia ultraconservadora que me tatuó a sangre y fuego ideales y formas de pensar que ya estaban obsoletas cuando me las inculcaron en los años 70 y 80 del pasado siglo. Como buen imbécil, más por querer agradar a mi padre que por otra cosa, hice el servicio militar, la famosa "mili", entre septiembre de 1991 y septiembre de 1992. No fue tan malo aquel estúpido periodo, aunque, a mis veintiún años lo pasara vestido "de primera comunión" viendo como adultos idiotizados de uniforme se comportaban como niños (esto, sin el uniforme, lo sigo viendo a diario), pero sí fue una pérdida absoluta de tiempo y una forma de plegarse a una tradición ya periclitada y obsoleta. Bien, el tiempo sigue pasando, cambia la sociedad, cambian los modos de vivir, llega una revolución social llamada "feminismo de nueva ola" que indirectamente llama maltratador a cualquier hombre por el mero hecho de serlo. Yo, en mi machismo recalcitrante, soy quien limpia mi casa a diario, compra y cocina, mientras mi mujer trabaja.
 Sé que han pasado ciento cinco años (la carga del río Igan tuvo lugar en 1921), pero lo cierto es que lo que ocurrió allí no se ha reparado (no se pueden reparar las muertes, no valen el dinero, las medallas ni los homenajes). Lo que quiero decir es que cuando el teniente coronel arengaba a sus soldados, chicos de veinte años o menos, a cumplir con el deber (morir en batalla, vamos) para que "sus madres, sus novias y las mujeres españolas no les llamaran cobardes" sólo conseguía rentabilizar el sentimiento de culpa de pobres chicos sin experiencia en la vida que acabarían muriendo en un secarral del Rif para que sus madres, sus novias y las mujeres españolas se quedaran tranquilas en casita. ¡Qué imbéciles hemos sido los hombres desde tiempo inmemorial! Esos chicos murieron por supuestamente defender a sus novias (que al día siguiente de enterarse ya estarían con otro) y derramaron su sangre gota a gota. Cien años después, en su mismo país, los hombres en general son considerados seres violentos, primarios y brutos, incapaces de tener otros intereses más que "follar y comer" (así, al menos, me trató mi madre toda la vida). En fin, tras semejante borrasca mental, no he podido seguir con la exposición y he salido a despejarme dando un paseo.

domingo, 22 de febrero de 2026

"Romance del ecuador", de Brian Aldiss.

  Dicen que "en la variedad está el gusto", y la verdad es que es difícil contradecirlo. Pero también ocurre que en la variedad uno encuentra más fácilmente las diferencias y, consecuentemente, aprueba algo y desaprueba lo otro, o, al menos, lo uno gusta mucho más que lo otro. Eso me ha pasado a mí recientemente, que he alternado la lectura de relatos de Leo Perutz con este otro tomo de relatos, pero de Brian Aldiss. Y, para decir la verdad, la diferencia de calidad entre el praguense y el inglés se me ha antojado inmensa. Y aunque alguien pudiera aducir que no se debe comparar autores, pues siempre hay diferencias de estilo, argumento, temas o estructura, habrá otros que afirmen que, en realidad, Perutz y Aldiss no se diferencian tanto. Porque sí, es cierto, Aldiss es un autor de ciencia ficción o fantasía puro (por cierto, este volumen incluye un prefacio del autor disertando precisamente sobre las diferencias entre ciencia ficción y fantasía), pero es que en casi todas las narraciones de Perutz hay un elemento digamos mágico o fantasioso. No llega al extremo de Aldiss, pero ahí está. Bueno, en cualquier caso, se me ha hecho difícil leer a Aldiss a la vez que a Perutz. La prosa del inglés me parecía demasiado prosaica, sus argumentos un tanto previsibles desde el principio, y sus temas muy manidos. Estoy seguro de que no habría sentido esto de no haber intercalado su lectura con los relatos de Perutz.
 Este volumen de la editorial Minotauro (Grupo Planeta) contiene veintiséis relatos, fechados desde 1960 hasta 1989, es decir, en el periodo más fructífero del autor, cuando publicó Barbagrís, Criptozóico, Frankenstein desencadenado o, sobre todo, su obra cumbre, la trilogía de Heliconia. Pero, claro, es una recopilación de obras menores, de aquellos relatos que quedan un tanto descolgados de las principales. Y eso, la verdad, se nota. En todo caso, son un puñado de relatos interesantes y que merece la pena conocer si a uno le gusta el autor.
 En El viejo centésimo los hombres, desaparecidos, han sido sustituidos por los animales a los que ellos mismos desarrollaron intelectualmente, siendo capaces de pensar y hablar. Es un relato un tanto confuso (para lo corto que es) y pretencioso.
 El rey encadenado está ambientado en la Península Balcánica en los días de la invasión del Imperio Otomano. El último rey serbio, herido, delira refugiado en un monasterio ortodoxo.
 El origen presenta una nave espacial con "buscadores" que llega al planeta Tierra en busca de sus orígenes. Los terrestres son animales primitivos. Aunque se trate del presente, los buscadores son humanos evolucionados y superinteligentes. A este relato le falta un buen final.
 Un embaucador de aldea. Este no es un relato de ciencia ficción o de fantasía, es un relato crudo de pobreza material y moral. Unos ingleses residentes en la India conviven con gente paupérrima. Las dolorosas diferencias entre ricos y pobres lleva a que éstos donen órganos a aquéllos como quien vende un cuadro familiar.
 En El gusano que vuela, en una Tierra futura los humanos son inmortales y han mutado a formas arbóreas. El gusano que vuela es otra adaptación, la muerte que acaba por alcanzar incluso a los inmortales. Relato con tintes filosóficos.
 Recién llegada de Java ha sido uno de los relatos que más me ha gustado: Un hombre de cuarenta y tantos años con vida anodina (trabajo, sin pareja, cuidando de su ancianísima abuela...) explica su vida. La habilidad de Aldiss consiste en que el personaje único del relato muere, y el lector sólo se da cuenta de esto en el párrafo final.
 El relato que da nombre al tomo, Romance del ecuador, es una fábula sobre el paso del tiempo, el amor y su evolución en el mismo. Un joven se encuentra con dos gacelas que se transforman en dos jóvenes mujeres. Se empareja con las dos. Cuando ha de elegir una,  no puede hacerlo. Aprende a amar a cada una de una forma distinta.
 La muchacha que cantaba es una historia de Heliconia. En plena guerra entre dos bandos humanos, un joven hace de profesor de niños para familias ricas y poderosas. Tiene la lectura de filosofía barata, filosofía de aplicación diaria que es tan típica en Aldiss.
 El fondo azul es un pequeño relato, en absoluto fantástico, ambientado en la Eslovaquia rural en la que un niño valora una imagen de Cristo de una vieja ermita abandonada. Un fotógrafo que pasa por allí y se interesa por la talla a instancias del crío. El niño, ya siendo adulto recibirá un libro de fotografías publicado por el fotógrafo con la foto de la ermita en cuestión.
 La llanura, la interminable llanura es un interesante relato con tintes antropológicos sobre una "Tribu" que deambula por una gigantesca llanura. Se narra el avance de generaciones, partiendo de veintiún individuos hasta la décima generación. Hay evoluciones e involuciones biológicas. Es de la época de Heliconia y participa de sus conceptos evolutivos.
 Y así hasta esos veintiséis relatos. Los hay mejores y peores, a mí me gustan más los más recientes, quizá por el mayor desarrollo filosófico (sí, aunque sea filosofía de andar por casa) y antropológico de los personajes.

"¡Señor, apiádate de mí!", de Leo Perutz.

  Cuando uno lee las tendencias lectoras del grueso de la sociedad uno queda un tanto entristecido. Porque, teniendo en cuenta que son los que leen, la mayoría opta por basura comercial promocionada por los medios de comunicación (la mayoría de ellos formando parte ya de conglomerados mediático-editoriales que publicitan sus propios productos). Ya ni hablamos de la mayoría de los "ciudadanos" que no leen un libro en su vida. Es una pena no porque uno quiera que la morralla social se enriquezca y culturice, eso ya está dado por imposible, sino porque si hubiese un mayor porcentaje de población interesado por la literatura de calidad, los buenos autores serían publicados con mayor frecuencia y, por tanto, sería más fácil acceder a ellos. Eso ocurriría con  esos insignes escritores austro-húngaros (les doy esa nacionalidad porque es la que tuvieron en su juventud y anhelaron después en su madurez) que firmaron novelas extraordinarias, pero que, habiendo pasado ya tantos decenios, la mayoría de las ediciones están descatalogadas y son prácticamente imposibles de conseguir. Eso me ha pasado con esta colección de relatos de Leo Perutz, tituladas como el primer cuento que contiene, que encontré arrumbada en el depósito de una de las mejores bibliotecas de la región.
 Son nueve relatos muy representativos de la narrativa de Perutz, si bien carecen de la alta calidad de De noche, bajo el puente de piedra, Mientras dan las nueve, El maestro del juicio final o ¿Adónde vas, manzanita? 
 El primer relato, homónimo del volumen, está ambientado en la Guerra Civil rusa, en la que un condenado a muerte en una checa comunista, traductor de textos cifrados, es encargado de traducir una nota. El soldado blanco pide atravesar la línea de guerra para ver por última vez a su mujer y a su hija, volviendo después voluntariamente para traducir ese texto y asumir su muerte. Contra todo sentido común, el soldado hará todo eso, ahora bien, su pena de muerte será conmutada por otra pena, la de trabajar para los comunistas en adelante. Este es quizá el mejor relato de todo el libro.
 El nacimiento del Anticristo es otro excelente relato, en el que un zapatero genovés se afinca en Palermo, casándose con una siciliana y teniendo un hijo que nacerá en Nochebuena. Resulta que él fue un condenado a galeras por asesinato, mientras que ella fue una monja que huyó del convento. En una pesadilla, el zapatero sueña que a su hijo neonato lo visitan tres reyes, pero no traen incienso, oro y mirra, sino pez, azufre y alquitrán. Preocupado, al zapatero le informa un supuesto sabio de que el Anticristo será un niño nacido en Nochebuena, hijo de un asesino y de una monja renegada. Ya no le queda más que matar a su propio hijo, lo que haría si no fuera porque su mujer le confiesa que él no es su padre, sino que lo fue un viejo cura. La mentira urdida por la madre sólo tiene la finalidad de salvar la vida del hijo, obviamente, y el padre se dará cuenta de ello, pero ella ya había escapado con la criatura. El relato termina con el niño ya adolescente, que quiere ser cura. Perutz lo convierte en Cagliostro, alquimista palermitano del siglo XVIII.
Leo Perutz. Imagen tomada del sitio blog.dnb.de
 La genialidad de Perutz convierte historias normales y anodinas en extraordinarias narraciones inolvidables. No es de extrañar que un fabulador tan magnífico como Jorge Luis Borges lo tuviera como uno de sus maestros.

Inciso musical: undécimo concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Salina Fisher, Bernstein y Rimski-Kórsakov.

  La OSCyL estuvo dirigida anoche por la neozelandesa Gemma New; el papel solista recayó en la talentosísima violinista estadounidense Esther Yoo. Concierto, una vez más, contrastante, con las nuevas tendencias representadas por la compositora Salina Fisher, las ya casi centenarias composiciones del gran director Leonard Bernstein y la obra maestra del gran Nicolái Rimski-Kórsakov.
 A un servidor, en su humilde ignorancia, le interesa saber qué derroteros ha tomado la música culta en los últimos tiempos, y gracias a la introducción de estos compositores contemporáneos (Salina Fisher sólo tiene treinta y dos años) se aprecian distintas líneas estilísticas, además de diferentes calidades, obviamente, y se puede hipotetizar hacia dónde va la música culta. En todo caso, a juzgar por lo que se programa en los auditorios actualmente, me temo que las sublimes calidades conseguidas siglos atrás no estén al alcance de los compositores contemporáneos. Mirándolo desde un punto de vista positivo, hemos de congratularnos de vivir en una época en la que la reproducción musical de alta fidelidad es fácilmente asequible, para no tener que esperar a la interpretación en vivo en las distintas salas de concierto (a las que, por otro lado, también es fácil acceder hoy en día), con lo que podemos disfrutar de nuestra bella afición con una cotidianeidad absoluta.
 Así pues, el concierto comenzó con la obra Rainphase de la también neozelandesa Salina Fisher. Es una obra más cercana a la música incidental cinematográfica que a la música culta. La propia compositora admite que su intención era la de plasmar la "lluvia en Nueva Zelanda" (ignoro si la lluvia en aquel país austral es muy diferente de la del resto del planeta). Lo cierto es que lo logra, consiguiendo, como su nombre indica, representar distintas "fases" dentro de la lluvia, desde un simple goteo hasta la lluvia torrencial, así como el distinto sonido que provoca el susodicho meteoro en función de la superficie contra la que golpee. Fisher lo consigue al utilizar todos los instrumentos de percusión indeterminada, a muchos de los cuales el gran público no sabe ponerle nombre, como los idiófonos, triángulo, caja china, güiro, carraca y demás. Todo muy espectacular, disfrutando uno más como espectador que como oyente. En todo caso, como apuntaba antes, más parece música incidental de una película que música sinfónica.
 El genial director de orquesta Leonard Bernstein compuso su Serenata para violín y orquesta en 1954, es decir, años antes de la banda sonora de la famosísima West Side Story, obra también del director de Massachusetts. Y, recordando melodías inolvidables como aquella de Maria o America, las semejanzas con la Serenata para violín y orquesta son evidentes, especialmente en el último movimiento, que es jazz puro. Uno casi espera que salgan los bailarines ataviados con ropa de los años cincuenta para bailar conjuntamente en los callejones de los depauperados barrios de Nueva York. El resto de la obra es menos impactante y, desde luego, lo que no se encuentra en ningún momento es la relación con Platón y los distintos diálogos con otros tantos filósofos griegos. La música, por muy sinfónica que sea, es muy de mediados del siglo XX, no hay referencia alguna a la Grecia clásica.
 La violinista Esther Yoo estuvo espléndida, la verdad. La obra de Bernstein es excelente para que se luzca alguien tan virtuoso como ella. Más discutido fue el bis con el que obsequió al auditorio, unas variaciones de Yankee Doodle, canción popular americana, que, por sus connotaciones patrioteras, no gustan mucho a este lado del Atlántico. Obviamente, música es música, y obviando esas connotaciones, las variaciones de esa musiquilla permitían todo tipo de virguerías instrumentales que sí encandilaron a la mayor parte del público. Mi opinión: excelente interpretación de una melodía equivocada.
 Después del descanso, el plato fuerte, la obra cumbre de Nikolái Rimski-Kórsakov, Sherezade. Una obra enérgica, poderosa, con cuatro movimientos redondos capaces de levantar al público de sus asientos. El compositor ruso se inspiró en Las mil y una noches, recopilación medieval de cuentos escritos en árabe que narran la historia del sultán Shahriar, quien considera infieles a todas las mujeres tras haber sido traicionado por una de ellas, y ordena que le traigan cada noche a una de ellas para ejecutarla a la mañana siguiente. Una de ellas, Sherezade, idea cada noche una brillante historia que cuenta al sultán, sin desvelarle el final, con lo que Shahriar no puede asesinarla por la mañana. Tanto acaba por intrigar al sultán, que éste se acaba enamorando de la joven. 
 En la obra hay dos motivos musicales recurrentes, el del sultán y el de Sherezade. El primero incluye el viento metal al completo dando melodías enérgicas de ritmo acelerado; el segundo se basa de una melodía más melosa ejecutada por el violín solista. En el día de ayer, el concertino, Luis M. Suárez, interpretó a la perfección la seducción de Sherezade en sus cuatro cuerdas, con la sensualidad y la inteligencia que Rimski-Kórsakov otorgó a la concubina del sultán.

domingo, 15 de febrero de 2026

"El judío Süss", de Lion Feuchtwanger.

  Hay novelas que, desgraciadamente, son sobrepasadas por adaptaciones cinematográficas que además, de forma consciente y buscada, las pervierten, simplificándolas de la peor forma posible, creando películas que acaban siendo paradigma del racismo más execrable. Estoy hablando, claro, de El judío Süss, novela de Lion Feuchwanger (judío), novela amplia, con mil matices, sin estereotipos simplificantes, y la "seudoadaptación" que hicieron los nazis para pergeñar la película antisemita homónima. Porque la película de 1940, dirigida por Veit Harlan, es un panfleto antisemita insufrible, que, teniendo en cuenta que ya estaba en marcha el asesinato planificado de más de seis millones de judíos europeos, es más repulsiva si cabe. En la película, el director de finanzas de Würtemberg es un ser avaricioso, taimado y ponzoñoso, con todos los defectos estereotípicos que los antisemitas proyectan hacia los judíos, mientras que los alemanes arios son retratados como honrados trabajadores, víctimas del engaño hebreo. Es todo tan simplón, que un adulto con algo de sentido común lo rechaza de plano, pero, desgraciadamente, los nazis ya habían lavado el cerebro durante años a su población como para que se tragaran cualquier patraña.
 La novela de Feuchtwanger es un minucioso retrato de la situación social, política y económica de un pequeño Estado alemán, Wurtemberg, a finales del siglo XVIII. Es un periodo complicado, con nobles poco capacitados para la administración de su territorio y sus ciudadanos, toda vez que estaban más interesados en el alivio de sus necesidades sexuales y de poder social que en el progreso del Estado; además, la lucha entre católicos y protestantes no ayuda a mejorar las cosas. En ese contexto, surge una figura notable, la de Joseph Süss Oppenheimer, un "judío de la corte", como se decía en esa época en Europa central. Süss llega a ser director de finanzas del duque Carlos Alejandro de Wurtemberg (Karl Alexander en la novela), noble católico, lascivo y superficial, que sólo pretende batir su propio récord de conquistas y quedar por encima del resto de nobles. Por supuesto, el catolicismo de Karl Alexander es solamente una apariencia, no hay espiritualidad de ningún tipo en ese fanfarrón arrogante, sólo pertenencia a un grupo que se enfrenta a los otros, los protestantes, que tienen las de perder aun cuando son apoyados desde Berlín.
 Que nadie se equivoque, aunque Lion Feuchtwanger era judío (no practicante, culturalmente asimilado) no ejerce corporativismo alguno con Süss, lo describe como un avaricioso sin límite y, en los últimos tiempos de su vida, con un resentimiento y un rencor sin límites (bien fundamentados, por otro lado). 
 En una situación socialmente voluble, los nobles gobernantes, personalizados en Karl Alexander no quieren saber nada de sacrificios, quieren seguir llevando sus vidas regalonas. El director de finanzas, pues, carga con impuestos a la burguesía, que se resiste y luchará por derribar el sistema opresor. Cuando Karl Alexander muere, oficialmente por una embolia, aunque Feuchtwanger lo hace morir envenenado por el afrodisíaco que toma a sus cincuenta y tantos años para yacer con una veinteañera, la burguesía protestante se revuelve contra el judío, lo juzgan y lo ahorcan.
 El autor describe con gran perfección a Süss, con cambio de sus motivaciones. En un principio, el judío, vestido y afeitado a la occidental, tiene como motor la ambición, pero tras la muerte de su hija Naemi (que morirá al tirarse por una ventana cuando era acosada sexualmente por un borracho duque Karl Alexander) cambiará, también en su aspecto, y tendrá el rencor contra el duque y contra todos la razón principal de su avaricia.
 La novela, como todas las buenas novelas, no tiene una lectura simplona y facilona, al contrario, todos los personajes, incluso Karl Alexander, tienen una explicación, un porqué de su comportamiento. No se puede sentir un odio o una admiración infantiles hacia ninguno de ellos. Son, todos ellos, arquetipos humanos. Todos podemos ser Karl Alexander o Süss, por no hablar del resto de los nobles, todo depende de que se den las características socioeconómicas necesarias y que nos pongan un cebo para que caigamos.
 Una gran novela, escrita "a fuego lento", que demanda que sea igualmente leída por lectores inteligentes y con criterio propio, no por los adocenados con sesgo político que dominan hoy en día. ¡Bah! No creo que puedan leerla ni un diez por ciento de la sociedad actual.

"Reading Tip", by Grant Snider (www.incidentalcomics.com).

 
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Inciso musical: décimo concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Mozart y Bruckner.

  El concierto del viernes estuvo dirigido por la batuta asociada de esta temporada, el ruso Vasily Petrenko; el solista invitado fue el clarinetista andaluz Pablo Barragán. Las obras programadas fueron del agrado de todos los que tenemos un gusto musical exquisito, con el Concierto para clarinete en la mayor de Mozart, una obra sublime, cuyo adagio está entre las grandes piezas de música culta de cualquier época; y la Sexta sinfonía de Bruckner, no tan conocida como la Cuarta, que sí forma parte del  repertorio habitual de cualquier orquesta sinfónica, pero cuyas características formales no se alejan mucho de ella. 
 El Concierto para clarinete en la mayor, K. 622 es una (otra más) genialidad de ese pobre hombre que llevó una vida corta (treinta y cinco años) lleva de dificultades y frustraciones (nunca consiguió ser maestro de capilla en Viena o ni siquiera ser profesor de piano de la princesa) y que, sin embargo, es el mayor genio musical que jamás haya existido. Y es que, al margen de que toda la obra de Mozart sea de una calidad inigualable, lo cierto es que algunas composiciones, como su Concierto para clarinete, destilan una aceptación de la vida, un regocijo de vivir que es difícilmente explicable en función de su existencia. Escuchar el Concierto para clarinete lo reconcilia a uno con su propia vida, es como si dijese: "no te preocupes, el orden universal es inmutable, todos tus problemas son temporales y lo importante es lo eterno". Algunos musicólogos apuntan a la espiritualidad del salzburgués, algo que no siempre se ha tenido en cuenta como sí se ha hecho, por ejemplo, con Johann Sebastian Bach (luterano, en el que su profunda religiosidad se palpa en toda su obra) o Anton Bruckner (católico, también especialista en música religiosa). No se duda de que Mozart fuera un ferviente católico, o al menos que sus padres le inculcaran un notable respeto por toda la liturgia católica y que él la practicara durante toda su vida, pero no se ha profundizado en la influencia que pudiera tener su fe en su obra musical. No me refiero, claro, a la composición de obras litúrgicas como los réquiem, los motetes o las misas, sino al optimismo que traslucen todas sus composiciones, como decía antes, con la terrible vida que el pobre llevó.
 Bien, consideraciones sobre la espiritualidad de Mozart aparte, el Concierto de clarinete tiene uno de los adagios más hermosos jamás compuestos, referencia ineludible de la música culta en general, pero especialmente de su periodo clásico, así como que está incluido en multitud de obras cinematográficas para ilustrar la más exquisita sensibilidad, la que el inmortal Wolfgang Amadeus Mozart nos regaló a todos para la eternidad.
 El encargado de transmitir esa sensibilidad, a golpe de clarinete fue Pablo Barragán, que supo entender la sutil delicadeza que el austriaco imprimió a su concierto.
 Después del descanso tocó representar precisamente a Bruckner, al que antes citaba. Y, como antes esbozaba, Bruckner ha sido calificado de forma un tanto estereotipada como una personalidad un tanto tosca (en el sentido de hombre sencillo, sin pretensiones) y profundamente religiosa. Eso sí, la Sinfonía nº 6 no trasmite precisamente esa espiritualidad, al menos no de forma sutil, desde luego. Otro estereotipo de Anton Bruckner es que era más wagneriano que el propio Wagner. Eso, desde luego, se siente con la obra representada el viernes pasado en el Auditorio Miguel Delibes, con sólo ver cómo sudaba el de los timbales, que tuvo más trabajo que en todo lo que iba de temporada, por no hablar de la sección de viento-metal al completo, dejándose los mofletes en cada frase musical. Cinco trompas, tres trompetas, tres trombones y una tuba generan tal potencia de sonido que, en combinación con los timbales, deja a cualquiera pegado al respaldo del asiento. Bruckner no busca en absoluto la sutileza, ni el virtuosismo individual de los intérpretes, sino la aplastante fortaleza de los tutti que se repiten en la sinfonía. De hecho, los dos movimientos intermedios, más lentos, Adagio y Scherzo, son los menos atractivos de la obra, siendo ampliamente superados por el primero, Majestoso, y el último, Finale, verdaderamente apabullantes. Son obras fácilmente entendibles por el público, que se deleita al ver cómo nada más y nada menos que noventa músicos dan todo lo que tienen dentro de los pulmones (o en las manos, arcos y cuerdas) para conseguir un proyecto común complejo y apasionante; porque no cabe duda de que interpretar con éxito una obra tan larga, difícil y extenuante como la Sinfonía nº 6 de Bruckner es un reto extraordinario para cualquier orquesta sinfónica, reto que la OSCyL, dirigida por Vasily Petrenko, superó el viernes con matrícula de honor.