sábado, 7 de marzo de 2026

Inciso musical: decimosegundo concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Chaikovski, Rajmáninov y Prokófiev.

  Ayer la OSCyL estuvo dirigida por su batuta asociada esta temporada, el ruso Vasily Petrenko. El solista invitado fue el pianista uzbeko, patrocinado por la Fundación Scherzo, Bezhod Abduraimov. Si el concierto anterior había sido de compositores románticos alemanes, ayer tocó interpretar a tres de los más grandes compositores rusos: Chaikóvski, Rajmáninov y Prokófiev. La musicóloga Inés Mogollón relaciona los tres, muy acertadamente, no sólo por la nacionalidad, sino porque representan "tres infiernos rusos", en el sentido siguiente: Francesca de Rímini  representa el amor prohibido, quizá el mismo que Chaikovski y su más que probable homosexualidad, en una época en la que esa orientación sexual estaba prohibida por ley; el "infierno" de Rajmáninov se aprecia una y otra vez por la frecuente inclusión del conocidísimo Dies irae, secuencia latina que se recitaba en las misas de difuntos y que, desde un punto de vista musical es una de las frases melódicas más utilizadas, no sólo en réquiem de todo tipo, también en multitud bandas sonoras de películas y, en general, en momentos en que se quiere atemorizar al espectador; el "infierno" de Prokófiev hace referencia a la terrible Segunda Guerra Mundial, época en la que compuso la Sinfonía nº5. Pero, vayamos poco a poco.
 Con un repertorio tan extenso y de tan altísima calidad, Chaikovski es un compositor muy socorrido. De hecho, su Sexta sinfonía debe ser una de las obras más frecuentemente interpretadas en todas las salas sinfónicas del mundo, por no hablar de las adaptaciones sinfónicas de obras para ballet como El lago de los cisnes o El cascanueces, además de obras como la Obertura 1812, el Concierto para piano nº1 o Eugenio Onegin. Sin embargo, Francesca de Rímini no es de las más habituales. Para poner en contexto es necesario recordar que Francesca de Rímini fue una noble medieval italiana inmortalizada por Dante Alighieri en su Infierno de La Divina Comedia. Francesca de Rímini y su amante se encuentran en el segundo círculo infernal, el destinado para los lujuriosos. Allí las almas de los pecadores son arrastrados por terribles vientos huracanados. Bien, pues póngase las terribles imágenes que pergeña Dante en la cabeza de un genio como Chaikovski y el resultado es espeluznante. Porque, efectivamente, el poema sinfónico, estructurado en tres movimientos, describe en el primero y el tercero esos vientos huracanados creados con las cuerdas el terrible castigo infernal; el movimiento intermedio contrasta con los anteriores, dando una sensación dulce del amor de los dos protagonistas. Con todo, la percepción final que deja es de desasosiego y zozobra, como decía antes, por esa simulación de vientos huracanados interpretada con todos los instrumentos de cuerda.
 La Rapsodia sobre un tema de Paganini, op. 43 es un conjunto de variaciones que Serguéi Rajmáninov compuso inspirado por los 24 caprichos para violín solo de Paganini. La gran virtuosidad que imponía Paganini a sus intérpretes (y que él, gran violinista, también sabía interpretar) la traslada Rajmáninov a sus pianistas (y que también él mismo, gran pianista, supo interpretar con maestría). De todas las variaciones, la número 18 es la más conocida, una melodía dulce y melosa que contrasta muy vivamente con el resto. Se inicia con el piano solo, acompañando en la segunda frase musical toda la orquesta. Pero buena parte de las variaciones, como digo, tienen un tono lúgubre, destacando la variación 7, con ese motivo musical, Dies irae, que genera una sensación de ansiedad e intranquilidad.
 Después del descanso, la Sinfonía nº5 en si bemol mayor, op. 100 de Serguéi Prokófiev. compuesta en plena guerra mundial, y que, al menos por los jerarcas soviéticos, fue vista como una oda a la victoria soviética sobre el nazismo. Es una obra estructurada en cuatro movimientos: Andante, Allegro marcato, Adagio  y Allegro giocoso. El primero comienza con una de las frases  musicales más significativas de la obra, con una cierta aura sombría, con un protagonismo del viento metal; el segundo, Allegro marcato, es, en realidad, un scherzo, que cambia a vals para terminar de nuevo en scherzo; el tercer movimiento,  Adagio, está protagonizado por el clarinete, pero dando un aspecto luctuoso y triste; la sinfonía acaba con el Allegro giocoso que es una acumulación de episodios festivos que da esa supuesta celebración de la derrota nazi a manos de los comunistas. En realidad, para mí, incluso este cuarto movimiento, tiene un aire funeral y apesadumbrado, algo que encaja perfectamente con el horror que se vivió en Europa en aquellos años 1944 y 45. Bien es sabido que los mandatarios soviéticos eran terriblemente entrometidos en la creatividad musical de sus compositores, ejemplo paradigmático es el pobre Shostakovich y sus vaivenes de amor y odio con los gobernantes de su país, con lo que es explicable que también quisieran atribuirse los triunfos de aquéllos, caso que parece aplicable a la Quinta sinfonía de Prokófiev.

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