domingo, 22 de febrero de 2026

"¡Señor, apiádate de mí!", de Leo Perutz.

  Cuando uno lee las tendencias lectoras del grueso de la sociedad uno queda un tanto entristecido. Porque, teniendo en cuenta que son los que leen, la mayoría opta por basura comercial promocionada por los medios de comunicación (la mayoría de ellos formando parte ya de conglomerados mediático-editoriales que publicitan sus propios productos). Ya ni hablamos de la mayoría de los "ciudadanos" que no leen un libro en su vida. Es una pena no porque uno quiera que la morralla social se enriquezca y culturice, eso ya está dado por imposible, sino porque si hubiese un mayor porcentaje de población interesado por la literatura de calidad, los buenos autores serían publicados con mayor frecuencia y, por tanto, sería más fácil acceder a ellos. Eso ocurriría con  esos insignes escritores austro-húngaros (les doy esa nacionalidad porque es la que tuvieron en su juventud y anhelaron después en su madurez) que firmaron novelas extraordinarias, pero que, habiendo pasado ya tantos decenios, la mayoría de las ediciones están descatalogadas y son prácticamente imposibles de conseguir. Eso me ha pasado con esta colección de relatos de Leo Perutz, tituladas como el primer cuento que contiene, que encontré arrumbada en el depósito de una de las mejores bibliotecas de la región.
 Son nueve relatos muy representativos de la narrativa de Perutz, si bien carecen de la alta calidad de De noche, bajo el puente de piedra, Mientras dan las nueve, El maestro del juicio final o ¿Adónde vas, manzanita? 
 El primer relato, homónimo del volumen, está ambientado en la Guerra Civil rusa, en la que un condenado a muerte en una checa comunista, traductor de textos cifrados, es encargado de traducir una nota. El soldado blanco pide atravesar la línea de guerra para ver por última vez a su mujer y a su hija, volviendo después voluntariamente para traducir ese texto y asumir su muerte. Contra todo sentido común, el soldado hará todo eso, ahora bien, su pena de muerte será conmutada por otra pena, la de trabajar para los comunistas en adelante. Este es quizá el mejor relato de todo el libro.
 El nacimiento del Anticristo es otro excelente relato, en el que un zapatero genovés se afinca en Palermo, casándose con una siciliana y teniendo un hijo que nacerá en Nochebuena. Resulta que él fue un condenado a galeras por asesinato, mientras que ella fue una monja que huyó del convento. En una pesadilla, el zapatero sueña que a su hijo neonato lo visitan tres reyes, pero no traen incienso, oro y mirra, sino pez, azufre y alquitrán. Preocupado, al zapatero le informa un supuesto sabio de que el Anticristo será un niño nacido en Nochebuena, hijo de un asesino y de una monja renegada. Ya no le queda más que matar a su propio hijo, lo que haría si no fuera porque su mujer le confiesa que él no es su padre, sino que lo fue un viejo cura. La mentira urdida por la madre sólo tiene la finalidad de salvar la vida del hijo, obviamente, y el padre se dará cuenta de ello, pero ella ya había escapado con la criatura. El relato termina con el niño ya adolescente, que quiere ser cura. Perutz lo convierte en Cagliostro, alquimista palermitano del siglo XVIII.
Leo Perutz. Imagen tomada del sitio blog.dnb.de
 La genialidad de Perutz convierte historias normales y anodinas en extraordinarias narraciones inolvidables. No es de extrañar que un fabulador tan magnífico como Jorge Luis Borges lo tuviera como uno de sus maestros.

Inciso musical: undécimo concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Salina Fisher, Bernstein y Rimski-Kórsakov.

  La OSCyL estuvo dirigida anoche por la neozelandesa Gemma New; el papel solista recayó en la talentosísima violinista estadounidense Esther Yoo. Concierto, una vez más, contrastante, con las nuevas tendencias representadas por la compositora Salina Fisher, las ya casi centenarias composiciones del gran director Leonard Bernstein y la obra maestra del gran Nicolái Rimski-Kórsakov.
 A un servidor, en su humilde ignorancia, le interesa saber qué derroteros ha tomado la música culta en los últimos tiempos, y gracias a la introducción de estos compositores contemporáneos (Salina Fisher sólo tiene treinta y dos años) se aprecian distintas líneas estilísticas, además de diferentes calidades, obviamente, y se puede hipotetizar hacia dónde va la música culta. En todo caso, a juzgar por lo que se programa en los auditorios actualmente, me temo que las sublimes calidades conseguidas siglos atrás no estén al alcance de los compositores contemporáneos. Mirándolo desde un punto de vista positivo, hemos de congratularnos de vivir en una época en la que la reproducción musical de alta fidelidad es fácilmente asequible, para no tener que esperar a la interpretación en vivo en las distintas salas de concierto (a las que, por otro lado, también es fácil acceder hoy en día), con lo que podemos disfrutar de nuestra bella afición con una cotidianeidad absoluta.
 Así pues, el concierto comenzó con la obra Rainphase de la también neozelandesa Salina Fisher. Es una obra más cercana a la música incidental cinematográfica que a la música culta. La propia compositora admite que su intención era la de plasmar la "lluvia en Nueva Zelanda" (ignoro si la lluvia en aquel país austral es muy diferente de la del resto del planeta). Lo cierto es que lo logra, consiguiendo, como su nombre indica, representar distintas "fases" dentro de la lluvia, desde un simple goteo hasta la lluvia torrencial, así como el distinto sonido que provoca el susodicho meteoro en función de la superficie contra la que golpee. Fisher lo consigue al utilizar todos los instrumentos de percusión indeterminada, a muchos de los cuales el gran público no sabe ponerle nombre, como los idiófonos, triángulo, caja china, güiro, carraca y demás. Todo muy espectacular, disfrutando uno más como espectador que como oyente. En todo caso, como apuntaba antes, más parece música incidental de una película que música sinfónica.
 El genial director de orquesta Leonard Bernstein compuso su Serenata para violín y orquesta en 1954, es decir, años antes de la banda sonora de la famosísima West Side Story, obra también del director de Massachusetts. Y, recordando melodías inolvidables como aquella de Maria o America, las semejanzas con la Serenata para violín y orquesta son evidentes, especialmente en el último movimiento, que es jazz puro. Uno casi espera que salgan los bailarines ataviados con ropa de los años cincuenta para bailar conjuntamente en los callejones de los depauperados barrios de Nueva York. El resto de la obra es menos impactante y, desde luego, lo que no se encuentra en ningún momento es la relación con Platón y los distintos diálogos con otros tantos filósofos griegos. La música, por muy sinfónica que sea, es muy de mediados del siglo XX, no hay referencia alguna a la Grecia clásica.
 La violinista Esther Yoo estuvo espléndida, la verdad. La obra de Bernstein es excelente para que se luzca alguien tan virtuoso como ella. Más discutido fue el bis con el que obsequió al auditorio, unas variaciones de Yankee Doodle, canción popular americana, que, por sus connotaciones patrioteras, no gustan mucho a este lado del Atlántico. Obviamente, música es música, y obviando esas connotaciones, las variaciones de esa musiquilla permitían todo tipo de virguerías instrumentales que sí encandilaron a la mayor parte del público. Mi opinión: excelente interpretación de una melodía equivocada.
 Después del descanso, el plato fuerte, la obra cumbre de Nikolái Rimski-Kórsakov, Sherezade. Una obra enérgica, poderosa, con cuatro movimientos redondos capaces de levantar al público de sus asientos. El compositor ruso se inspiró en Las mil y una noches, recopilación medieval de cuentos escritos en árabe que narran la historia del sultán Shahriar, quien considera infieles a todas las mujeres tras haber sido traicionado por una de ellas, y ordena que le traigan cada noche a una de ellas para ejecutarla a la mañana siguiente. Una de ellas, Sherezade, idea cada noche una brillante historia que cuenta al sultán, sin desvelarle el final, con lo que Shahriar no puede asesinarla por la mañana. Tanto acaba por intrigar al sultán, que éste se acaba enamorando de la joven. 
 En la obra hay dos motivos musicales recurrentes, el del sultán y el de Sherezade. El primero incluye el viento metal al completo dando melodías enérgicas de ritmo acelerado; el segundo se basa de una melodía más melosa ejecutada por el violín solista. En el día de ayer, el concertino, Luis M. Suárez, interpretó a la perfección la seducción de Sherezade en sus cuatro cuerdas, con la sensualidad y la inteligencia que Rimski-Kórsakov otorgó a la concubina del sultán.

domingo, 15 de febrero de 2026

"El judío Süss", de Lion Feuchtwanger.

  Hay novelas que, desgraciadamente, son sobrepasadas por adaptaciones cinematográficas que además, de forma consciente y buscada, las pervierten, simplificándolas de la peor forma posible, creando películas que acaban siendo paradigma del racismo más execrable. Estoy hablando, claro, de El judío Süss, novela de Lion Feuchwanger (judío), novela amplia, con mil matices, sin estereotipos simplificantes, y la "seudoadaptación" que hicieron los nazis para pergeñar la película antisemita homónima. Porque la película de 1940, dirigida por Veit Harlan, es un panfleto antisemita insufrible, que, teniendo en cuenta que ya estaba en marcha el asesinato planificado de más de seis millones de judíos europeos, es más repulsiva si cabe. En la película, el director de finanzas de Würtemberg es un ser avaricioso, taimado y ponzoñoso, con todos los defectos estereotípicos que los antisemitas proyectan hacia los judíos, mientras que los alemanes arios son retratados como honrados trabajadores, víctimas del engaño hebreo. Es todo tan simplón, que un adulto con algo de sentido común lo rechaza de plano, pero, desgraciadamente, los nazis ya habían lavado el cerebro durante años a su población como para que se tragaran cualquier patraña.
 La novela de Feuchtwanger es un minucioso retrato de la situación social, política y económica de un pequeño Estado alemán, Wurtemberg, a finales del siglo XVIII. Es un periodo complicado, con nobles poco capacitados para la administración de su territorio y sus ciudadanos, toda vez que estaban más interesados en el alivio de sus necesidades sexuales y de poder social que en el progreso del Estado; además, la lucha entre católicos y protestantes no ayuda a mejorar las cosas. En ese contexto, surge una figura notable, la de Joseph Süss Oppenheimer, un "judío de la corte", como se decía en esa época en Europa central. Süss llega a ser director de finanzas del duque Carlos Alejandro de Wurtemberg (Karl Alexander en la novela), noble católico, lascivo y superficial, que sólo pretende batir su propio récord de conquistas y quedar por encima del resto de nobles. Por supuesto, el catolicismo de Karl Alexander es solamente una apariencia, no hay espiritualidad de ningún tipo en ese fanfarrón arrogante, sólo pertenencia a un grupo que se enfrenta a los otros, los protestantes, que tienen las de perder aun cuando son apoyados desde Berlín.
 Que nadie se equivoque, aunque Lion Feuchtwanger era judío (no practicante, culturalmente asimilado) no ejerce corporativismo alguno con Süss, lo describe como un avaricioso sin límite y, en los últimos tiempos de su vida, con un resentimiento y un rencor sin límites (bien fundamentados, por otro lado). 
 En una situación socialmente voluble, los nobles gobernantes, personalizados en Karl Alexander no quieren saber nada de sacrificios, quieren seguir llevando sus vidas regalonas. El director de finanzas, pues, carga con impuestos a la burguesía, que se resiste y luchará por derribar el sistema opresor. Cuando Karl Alexander muere, oficialmente por una embolia, aunque Feuchtwanger lo hace morir envenenado por el afrodisíaco que toma a sus cincuenta y tantos años para yacer con una veinteañera, la burguesía protestante se revuelve contra el judío, lo juzgan y lo ahorcan.
 El autor describe con gran perfección a Süss, con cambio de sus motivaciones. En un principio, el judío, vestido y afeitado a la occidental, tiene como motor la ambición, pero tras la muerte de su hija Naemi (que morirá al tirarse por una ventana cuando era acosada sexualmente por un borracho duque Karl Alexander) cambiará, también en su aspecto, y tendrá el rencor contra el duque y contra todos la razón principal de su avaricia.
 La novela, como todas las buenas novelas, no tiene una lectura simplona y facilona, al contrario, todos los personajes, incluso Karl Alexander, tienen una explicación, un porqué de su comportamiento. No se puede sentir un odio o una admiración infantiles hacia ninguno de ellos. Son, todos ellos, arquetipos humanos. Todos podemos ser Karl Alexander o Süss, por no hablar del resto de los nobles, todo depende de que se den las características socioeconómicas necesarias y que nos pongan un cebo para que caigamos.
 Una gran novela, escrita "a fuego lento", que demanda que sea igualmente leída por lectores inteligentes y con criterio propio, no por los adocenados con sesgo político que dominan hoy en día. ¡Bah! No creo que puedan leerla ni un diez por ciento de la sociedad actual.

"Reading Tip", by Grant Snider (www.incidentalcomics.com).

 
Image taken from the website www.incidentalcomics.com

Inciso musical: décimo concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Mozart y Bruckner.

  El concierto del viernes estuvo dirigido por la batuta asociada de esta temporada, el ruso Vasily Petrenko; el solista invitado fue el clarinetista andaluz Pablo Barragán. Las obras programadas fueron del agrado de todos los que tenemos un gusto musical exquisito, con el Concierto para clarinete en la mayor de Mozart, una obra sublime, cuyo adagio está entre las grandes piezas de música culta de cualquier época; y la Sexta sinfonía de Bruckner, no tan conocida como la Cuarta, que sí forma parte del  repertorio habitual de cualquier orquesta sinfónica, pero cuyas características formales no se alejan mucho de ella. 
 El Concierto para clarinete en la mayor, K. 622 es una (otra más) genialidad de ese pobre hombre que llevó una vida corta (treinta y cinco años) lleva de dificultades y frustraciones (nunca consiguió ser maestro de capilla en Viena o ni siquiera ser profesor de piano de la princesa) y que, sin embargo, es el mayor genio musical que jamás haya existido. Y es que, al margen de que toda la obra de Mozart sea de una calidad inigualable, lo cierto es que algunas composiciones, como su Concierto para clarinete, destilan una aceptación de la vida, un regocijo de vivir que es difícilmente explicable en función de su existencia. Escuchar el Concierto para clarinete lo reconcilia a uno con su propia vida, es como si dijese: "no te preocupes, el orden universal es inmutable, todos tus problemas son temporales y lo importante es lo eterno". Algunos musicólogos apuntan a la espiritualidad del salzburgués, algo que no siempre se ha tenido en cuenta como sí se ha hecho, por ejemplo, con Johann Sebastian Bach (luterano, en el que su profunda religiosidad se palpa en toda su obra) o Anton Bruckner (católico, también especialista en música religiosa). No se duda de que Mozart fuera un ferviente católico, o al menos que sus padres le inculcaran un notable respeto por toda la liturgia católica y que él la practicara durante toda su vida, pero no se ha profundizado en la influencia que pudiera tener su fe en su obra musical. No me refiero, claro, a la composición de obras litúrgicas como los réquiem, los motetes o las misas, sino al optimismo que traslucen todas sus composiciones, como decía antes, con la terrible vida que el pobre llevó.
 Bien, consideraciones sobre la espiritualidad de Mozart aparte, el Concierto de clarinete tiene uno de los adagios más hermosos jamás compuestos, referencia ineludible de la música culta en general, pero especialmente de su periodo clásico, así como que está incluido en multitud de obras cinematográficas para ilustrar la más exquisita sensibilidad, la que el inmortal Wolfgang Amadeus Mozart nos regaló a todos para la eternidad.
 El encargado de transmitir esa sensibilidad, a golpe de clarinete fue Pablo Barragán, que supo entender la sutil delicadeza que el austriaco imprimió a su concierto.
 Después del descanso tocó representar precisamente a Bruckner, al que antes citaba. Y, como antes esbozaba, Bruckner ha sido calificado de forma un tanto estereotipada como una personalidad un tanto tosca (en el sentido de hombre sencillo, sin pretensiones) y profundamente religiosa. Eso sí, la Sinfonía nº 6 no trasmite precisamente esa espiritualidad, al menos no de forma sutil, desde luego. Otro estereotipo de Anton Bruckner es que era más wagneriano que el propio Wagner. Eso, desde luego, se siente con la obra representada el viernes pasado en el Auditorio Miguel Delibes, con sólo ver cómo sudaba el de los timbales, que tuvo más trabajo que en todo lo que iba de temporada, por no hablar de la sección de viento-metal al completo, dejándose los mofletes en cada frase musical. Cinco trompas, tres trompetas, tres trombones y una tuba generan tal potencia de sonido que, en combinación con los timbales, deja a cualquiera pegado al respaldo del asiento. Bruckner no busca en absoluto la sutileza, ni el virtuosismo individual de los intérpretes, sino la aplastante fortaleza de los tutti que se repiten en la sinfonía. De hecho, los dos movimientos intermedios, más lentos, Adagio y Scherzo, son los menos atractivos de la obra, siendo ampliamente superados por el primero, Majestoso, y el último, Finale, verdaderamente apabullantes. Son obras fácilmente entendibles por el público, que se deleita al ver cómo nada más y nada menos que noventa músicos dan todo lo que tienen dentro de los pulmones (o en las manos, arcos y cuerdas) para conseguir un proyecto común complejo y apasionante; porque no cabe duda de que interpretar con éxito una obra tan larga, difícil y extenuante como la Sinfonía nº 6 de Bruckner es un reto extraordinario para cualquier orquesta sinfónica, reto que la OSCyL, dirigida por Vasily Petrenko, superó el viernes con matrícula de honor.

jueves, 5 de febrero de 2026

"Una historia sencilla", de Leonardo Sciascia.

  Esta brevísima novela de Sciascia (casi un relato, 78 páginas de letra bastante grande) es el paradigma de la concisión, de la brevedad máxima manteniendo una calidad altísima. El título es, en realidad, lo opuesto a la historia, pues es una historia compleja y enrevesada, no tanto por la inclusión de otros personajes, sino porque abarca a casi toda la sociedad siciliana.
 Siempre digo que no me gusta la novela policíaca, pero con autores de la categoría de Sciascia, cualquier subgénero narrativo gusta. Sciascia es capaz de simplificar en esas setenta y tantas páginas una pequeña historia que retrata la sociedad de su momento. Sí, la famosa mafia es la protagonista, pero el autor no la menciona en ningún momento. No hace falta, la genialidad del siciliano pone en la cabeza del lector conceptos que no llega a nombrar. Por otro lado, la cortedad extrema del relato permite al escritor hacer todo tipo de piruetas argumentales para dejar al lector (que debe leer el relato de un tirón, por supuesto) sorprendido y entusiasmado de su talento narrativo.
 El argumento es, en su planteamiento inicial, sencillo, pero luego se complica y acaba implicar a todos los personajes descritos. Análogamente, las actividades mafiosas (uno de los temas principales en las novelas de Sciascia) comienzan con un asesinato aislado, pero finalmente acaban involucrando a toda la sociedad siciliana. 
 En una localidad rural de Sicilia, Monterosso, se recibe una llamada en la comisaría sobre un famoso cuadro encontrado en una finca semiabandonada. Al día siguiente, el sargento investiga y se encuentra con el propietario, un ex-diplomático, muerto, sentado a un escritorio, con un disparo en la cabeza y la pistola en el suelo. Todo apunta a un suicidio, salvo por la llamada telefónica del día anterior y un extraño apunte en una hoja de papel que dice "he descubierto". El inspector se había tomado el día anterior, el de la llamada, libre por ser fiesta en el pueblo, y a su regreso opta por la versión del suicidio como principal. Pero al sargento no le cuadran las cosas. Además, un testigo ha visto comportamientos extraños en la estación de tren cercana, como alguien enrollando una alfombra o un cuadro de grandes dimensiones sin su marco; en esa estación, el jefe y el guardavías aparecerán asesinados. La distancia personal y profesional entre el inspector y el sargento no puede ser mayor. En un momento dado, el superior intenta asesinar al subordinado, pero éste, prevenido ya, acaba disparando y matando a aquél. Tras el esclarecimiento del caso, el lector comprende que fue el inspector quien asesinó al ex-diplomático, que se inmiscuyó en la venta fraudulenta de ese famoso cuadro. Los asesinatos de los empleados del ferrocarril fueron el ajuste de cuentas con compinches que cambiaron de opinión. Además, había más gente involucrada. 
 En fin, una historia en absoluto sencilla, debido a la cantidad de gente que está en el ajo, unos directa y otros indirectamente, unos actuando y otros mirando para otro lado. 
 Leonardo Sciascia  fue un maestro retratando su propia sociedad, y esta pequeña novela es, como diría un italiano, un piccolo capolavoro, una pequeña obra maestra, no tanto por el argumento sino por el dominio de la lengua para mostrar todo sin enseñar nada.

En estos días de lluvia, una reflexión sobre el amor y la lluvia de Julio Cortázar, en "Rayuela".

 

Julio Cortázar. Imagen tomada del sitio www.redbibliotecasmunicipalesgetafe.wordpress.com

 Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.

                               Julio Cortázar. Rayuela

"Todos marcharon a la guerra", de David Vogel.

  Muy de cuando en cuando se dan generaciones de escritores que alcanzan la excelencia y pertenecen todos a un mismo país y una misma época. Es el caso de mis muy admirados Stefan Zweig, Joseph Roth, Alexander Lernet-Holenia, Leo Perutz, Joseph von Horváth, Franz Werfel y demás; todos esos eran austrohúngaros y de finales del XIX y principios del XX. Otro ejemplo sería la literatura victoriana, todos anglosajones y de la misma época que los anteriores. Son las llamadas "generaciones literarias", verdaderas joyas en las que confluyen escritores, como las generaciones del 98 o del 27 en España. Bueno, pues David Vogel pertenecía, hasta cierto punto al grupo del que he desgranado unos pocos nombres. Como ellos, Vogel nació a finales del XIX, concretamente en 1891; como ellos vivió en Viena buena parte de su vida; como muchos de ellos era judío... Y, por supuesto, era escritor. Diferencias hay, claro. Por ejemplo, Vogel escribió en hebreo y en yidis, a diferencia de los otros que siempre escribieron en alemán; además, Vogel era judío practicante, se supone que reformado, mientras que aquellos del grupo que lo eran (Zweig, Roth, Werfel o Perutz) lo eran sólo nominalmente, nunca habían practicado, al menos en su vida adulta.
 David Vogel, por otro lado, sufrió la suerte más brutal de los judíos (practicantes o no) que es la de ser repudiado por todos en la Europa de la primera mitad del siglo XX, hasta acabar siendo asesinado en un campo de exterminio nazi, el de Auschwitz. Previo a ello, como decía antes, Vogel sufrió el antisemitismo de otros, no nazis ni alemanes, sino franceses, que lo recluyeron en un campo de internamiento en los prolegómenos de la guerra. De esos años trata esta novela. Todos marcharon a la guerra es un libro publicado póstumamente, escrito en yidis, en el que relata la prisión en dos campos franceses.
 Todos marcharon a la guerra no es un diario, tiene una calidad literaria muy superior, narra en primera persona, pero urdiendo el relato de forma continuada, sin el prosaísmo habitual de los diarios. Parece ser que el relato es totalmente veraz, a excepción del nombre y profesión del protagonista, que cambia del Vogel escritor al pintor Rudolf Weichert, lo demás está comprobado como cierto. Y lo que narra, como antes adelantaba, es la prisión que soportó Vogel por el hecho de ser de origen austriaco (aunque llevaba años residiendo en Francia). Inicialmente, como digo, fue por ser nacional de un país enemigo (Austria había sido anexionada por Alemania, y ésta había declarado la guerra a Francia), aunque queda claro en la novela que el maltrato infligido, tanto por quienes habían decidido encarcelarlos (supuestamente, grandes hombres de Estado franceses) como por los carceleros que los vejaban a diario (pequeños ciudadanos de a pie, convertidos coyunturalmente en militares de baja graduación), era maltrato por ser judíos. Así, los hebreos son aislados del resto de los ciudadanos extranjeros y sus condiciones de supervivencia son mucho más duras que las de aquéllos. El maltrato va desde el hacinamiento en edificios abandonados llenos de piojos y pulgas, a los trabajos físicos extenuantes y una pésima alimentación. Todo ello llevaba a la consunción física de los internos y a la desesperanza y depresión psicológica, de presos que no habían cometido delito alguno, salvo el hecho involuntario de haber nacido en uno u otro lugar, o de pertenecer a un grupo étnico usado como chivo expiatorio a lo largo de los siglos. 
 Esos campos de internamiento en Francia, pues, no eran tan terribles como los campos de exterminio nazis, en los que se mataba de forma deliberada a cientos o miles cada día, pero no estuvieron exentos de la brutalidad y el salvajismo de aquella época. Son verdaderos motivos que tenemos para avergonzarnos de nuestro pasado reciente, pero, claro, es mucho más cómodo buscar otro chivo expiatorio y cargar las tintas contra él. En el caso de la Europa de la primera mitad del siglo XX, ese chivo expiatorio es, claro, el nacionalsocialismo. Como si no se hubieran producido desmanes y barbaridades en todas partes. 
 Bien, volviendo al grupo de escritores austrohúngaros al que hacía referencia al principio, otra diferencia notable de este tipo con ellos es la belicosidad contra un cierto europeísmo defendido por aquellos. Me explico: es muy evidente en Zweig, también en Roth, en Perutz, en Werfel, algo menos en Lernet-Holenia, muy poco en von Horváth una añoranza por una Europa en paz, una Europa civilizada y respetuosa, quizás semejante a lo que ellos vivieron en esa Austria-Hungría tan diversa. Stefan Zweig, especialmente y de forma explícita, era un europeísta convencido, verdadero creyente en un crisol de culturas que, si se mantenía en paz y respeto, era la más floreciente sociedad humana jamás creada. Desgraciadamente, la paz y el respeto, como ya sabemos, nunca se mantuvo y esa alta civilización saltó por los aires en numerosas ocasiones. Esta creencia de que Europa podía ser un referente de estabilidad social y alta cultura no se aprecia por ningún sitio en David Vogel. Al contrario, hay una denuncia de esa Europa, siempre emponzoñada con el antisemitismo, preñada de mezquindades y envidias, dispuesta siempre a pelearse con el vecino a la más mínima. Es evidente que esas dos Europas existen, labor nuestra (de los europeos inteligentes y cultivados) es que la primera prevalezca sobre la segunda.
 Diré, por último, que Todos marcharon a la guerra me ha recordado en numerosos momentos a la Trilogía de Auschwitz de Primo Levi, especialmente en la descripción pormenorizada y minuciosa de las barbaridades cometidas contra un grupo humano esclavizado. Eso sí, Primo Levi nunca se alistó en grupo social alguno (tampoco el de judío), sino que intentó que su espantosa experiencia personal, la de la prisión en el campo de exterminio, fuera una suerte de vacuna frente a los extremismos y sesgos (políticos, nacionales, étnicos, sociales...). Cuando Levi habla de antisemitismo lo hace para denunciar cualquier discriminación hacia una minoría por parte de la mayoría social, no particulariza en los judíos como víctimas. En Vogel sí se aprecia una suerte de corporativismo social en el ámbito hebreo, algo humanamente comprensible, pero que explica la mayor sensibilidad social e inteligencia de ese gran intelectual turinés que fue Primo Levi.

martes, 3 de febrero de 2026

Criaturas (poco deseables) de la biblioteca.

 

Imagen tomada del perfil de X de la Biblioteca de Castilla y León (@bclvalladolid)
 Con buen humor y bastante sentido artístico, la Junta de Castilla y León nos recuerda a toda esa fauna indeseable que puebla las bibliotecas. Hay que decir, no obstante, que son una exigua minoría, que la mayoría de los lectores y usuarios de las bibliotecas son/somos respetuosos con los libros, la biblioteca en sí misma y los bibliotecarios, más que nada porque la biblioteca es una segunda casa para nosotros y sin ella perderíamos la oportunidad de disfrutar de muchas obras que, bien porque estén descatalogadas o porque su precio es alto, de otro modo no disfrutaríamos. Pero, sí, todos hemos sacado libros de la biblioteca en las que un lector previo, aparentemente más listo que nosotros, nos ha subrayado las frases para que no se nos pasen. En fin, que alguno de esos ahí retratados se dé cuenta de que los libros son de todos, lo cual significa que hay que respetarlos especialmente. ¡Bravo por la iniciativa de la Junta!

sábado, 31 de enero de 2026

"El Stradivarius perdido", de John Meade Falkner.

  No conocía al tal Falkner, la verdad. Me enteré de su existencia por una reimpresión de la Editorial Valdemar, así que lo busqué en la biblioteca. Parece ser que era más un escritor diletante que otra cosa, pues su profesión tenía que ver con los negocios que estuvieran en auge en cada momento, como la industria armamentística (¿y cuándo no fue buena época para la industria armamentística?). Bien, situándolo espaciotemporalmente, este autor podría ser categorizado dentro de la llamada "literatura victoriana", aunque en su época más tardía, ya que, aunque viajó por medio mundo, residió mayormente en su país de nacimiento y origen, Inglaterra de finales del XIX y principios del XX. Lo cierto es que El Stradivarius perdido podría haberlo firmado algún gran autor de la época como Dickens o James, puesto que es, claramente, una "novela gótica", subgénero narrativo muy en boga en aquella época y por aquellos lares, que no era propiamente dicha novela de terror, pero que tiene muchos de sus componentes. Así, su argumento incide en lo sobrenatural pero sin cargar las tintas, dándole sólo un aspecto morboso al comportamiento del protagonista; los fantasmas están presentes aunque no claramente delineados, sólo insinuados; el final es siempre dramático, a veces un tanto exagerado, pues ha de terminar sí o sí con la muerte trágica del personaje principal; las ambientaciones son vetustos palacios (una abandonaba villa napolitana en esta novela), que parecen  exigir que haya un fantasma en nómina para que todo esté en orden... En fin, El Stradivarius perdido es, sin duda, novela gótica, concretamente lo que los anglosajones llaman "ghost story", que tuvo su época dorada precisamente en esa época a ambos lados lados del Atlántico.
 El argumento se centra en el malhadado John Maltravers, joven noble, estudiante en Oxford, que comprueba con terror como el fantasma de otro joven, vestido con ropas de un siglo antes, acude cada vez que toca una obra concreta al violín. Además, durante la búsqueda de un determinado libro en una alacena, encuentra un precioso Stradivarius oculto en un compartimento secreto. Además de la conocida etiqueta del famosísimo luthier ("Antonius Stradivarius Cremonensis faciebat 1719") lleva otra que incluye "Porphyrius philosophus"). Tras la comprobación de la autenticidad de esa joya musical, la suerte del joven Maltravers se trunca, aislándose de sus acompañantes y enfermando a ojos vista. En poco tiempo, la otrora lozana salud del protagonista se torna en palideces, debilidades y agotamientos sin solución. A pesar de los esfuerzos de sus deudos, Maltravers se aísla de todos y sólo quiere tocar su violín. Poco después se muda a Nápoles donde compra una enorme villa abandonada. No saldrá de allí, morirá el día de Navidad. La novela termina con un escrito de un tal Gaskell, amigo y compañero de estudios de John Maltravers, quien explica un poco lo ocurrido: el fantasma que se aparecía desde el principio era el de un antepasado, un tal Adam Temple, propietario también del Stradivarius escondido en la alacena; cuando Maltravers viaja a Nápoles, compra la villa que fue de su antecesor y descubre su cadáver en el sótano. La influencia de la vida de su antiguo pariente lo domina de tal modo que su vida pronto toca a su fin con un grado de consunción extremo.
 La novela toca de modo superficial la conversión de John Maltravers a una suerte de neoplatonismo como el practicado por Porfirio, ese filósofo sirio del siglo III y IV de nuestra era que promovía un acercamiento más popular a la religiosidad, además de las ventajas de la dieta exclusivamente vegetariana.  
 La novela, todo sea dicho, no es muy interesante ni está muy bien desarrollada; es bastante predecible en algunos momentos y carece de la profundidad de otras obras de este subgénero narrativo. Por otro lado, parece que el autor pretende dar un baño de erudición con la incorporación de esas teorías filosóficas, pero el resultado es un tanto ampuloso y artificial. Es, sin duda, una obra menor de entre todas esas de la novela gótica, una más, una de las menos atrayentes.