La señorita Mackenzie fue publicada íntegramente en 1865; es una novela independiente, en el sentido de que no pertenece ni a las Crónicas de Barchester ni a las Novelas de Palllister, grupos de novelas en las que el autor no sólo repetía ambientación, sino también personajes y, hasta cierto punto, argumento y temas. Como siempre digo, el argumento en Trollope es lo de menos. Lo de más es la extraordinaria capacidad que tiene de pergeñar personajes absolutamente redondos, con personalidades definidas, que evolucionan en el tiempo. No me cabe duda de que Anthony Trollope fue un gran conocedor del alma humana, pues describe hombres y mujeres que son totalmente verosímiles, podrían ser nuestros coetáneos, pues los sentimientos y raciocinios no varían con el tiempo. Por otro lado, para verlo desde otro punto de vista, y recordando que soy un ferviente admirador de la literatura victoriana, siempre dije que ésta es una "literatura de té y pastas", injusta broma mía con la que afirmo que los destinatarios principales de todas esas novelas eran señoronas y señorones (en esta novela, más las primeras, ahora explicaré por qué) de vida regalona que querían dedicar un par de horas diarias a la lectura de novelas de moda para así luego poder comentarla con sus amistades. Broma injusta, lo sé. Pero no la retiro. En el caso concreto de La señorita Mackenzie opino que el destinatario dilecto de Trollope eran las damas, y no sólo porque el personaje principal fuera una joven (joven ahora, porque en 1865 una mujer de treinta y seis años era ya una solterona), sino porque todas las consideraciones, reflexiones, dimes y diretes van dirigidas hacia las lectoras, que debieron disfrutar de lo lindo imaginándose ser ellas la famosa señorita, agraciada primero con una fortuna e, inmediatamente, por tres pretendientes. La señorita Mackenzie, pues, estaba destinada, principalmente, a mujeres de edad madura y alta cultura, que en la Inglaterra victoriana no creo que superasen el quince o veinte por ciento de la población total. En todo caso, ojalá hoy leyeran a Trollope el quince o veinte por ciento de la población total, no se escucharían tantas estupideces como se escuchan en los medios de comunicación.
El argumento de la novela se basa en una mujer de treinta y seis años (este dato no es baladí, pues en aquella época ya se la consideraba una solterona sin remedio) que se había dedicado a cuidar de su enfermo hermano Walter hasta la muerte de éste. Recibirá en herencia una pequeña fortuna que la catapultará socialmente y... claro, aparecen los pretendientes antes inexistentes. Tres serán los tipos que se interesan por Margaret Mackenzie: Samuel Rubb, apuesto hombre de negocios de cuarenta años, que comparte inversión con el otro hermano de Margaret; Jeremiah Maguire, coadjutor anglicano de espectacular estrabismo; y John Ball, primo de Margaret, calvo (se hace especial mención de ello) y viudo, con nueve hijos a su cargo. Ninguno de los tres, claro está, tiene un chelín, la sospecha de que quieren dar un braguetazo está implícita en la descripción de los tres admiradores. Margaret, ya dueña del dinero, se muda a una ciudad balneario ficticia llamada "Littlebath", que unos identifican con las ciudades reales de Bath o de Cheltenham, en cualquier caso una pequeña ciudad con mucha gente ociosa y sin las aglomeraciones de Londres. Allí conocerá a un reverendo, Stumfold (porque en las novelas de Trollope, ya lo sabe el lector, es imprescindible que haya religiosos anglicanos, igual que nobleza baja rural), que tiene su propio grupo de fieles y seguidores, que atacarán con dureza por envidia y rencor a Margaret. Aquí, como también es frecuente en el autor, la mujer del reverendo (Trollope la llama "Santa Stumfolda") es la voz cantante de ese grupo, una mujer cruel y despiadada que pondrá a toda la pequeña ciudad de Littlebath contra la recién llegada. Maguire es coadjutor, precisamente, en la parroquia de Stumfold.
La situación se complicará más con dos reveses económicos de Margaret, uno pequeño y el otro definitivo. El pequeño es que Rubb le pide dinero para comprar unos terrenos junto con su hermano, argumentando que luego los hipotecarán y pondrán esa hipoteca a nombre de Margaret, pero lo cierto es que la hipoteca estará a nombre de una tercera persona; eso y que el negocio de telas enceradas que Rubb tiene con el hermano va de mal en peor supone que Margaret pierda el dinero que supuestamente les presta. Pero el revés económico definitivo es de tipo testamentario, porque resulta que la herencia de Walter, el hermano enfermo de la protagonista, está mal documentada, de modo que el dinero heredado por Margaret no le corresponde, tiene que devolverlo todo precisamente a la familia (a la madre) de John Ball. Así, de un día para otro, Margaret Mackenzie pasa de ser una rica heredera a no tener nada de nada, de nuevo. Sin embargo, los pretendientes, al menos dos de ellos, siguen tras ella. Rubb queda descartado por su comportamiento deshonesto con la famosa hipoteca, pero Maguire sigue encaprichado con ella y Ball, a pesar de ser rico ahora, sigue bebiendo los vientos por Margaret. Maguire, celoso y viéndose como perdedor, trata de crear un escándalo social (en 1865, recordemos) publicando una serie de artículos difamatorios en los que, sin llegar a nombrarlos, equipara a Ball y a Margaret con un león y un cordero, en el sentido bíblico. A pesar de ello, o, mejor dicho, precisamente por ello, John Ball y Margaret Mackenzie, primos lejanos, acaban casándose.
Pero, ya digo, el argumento es un poco lo de menos, lo mejor es sumergirse en la maravillosa forma de narrar de Trollope, cómo describe a sus personajes y las relaciones entre ellos, cómo los hace evolucionar en función de lo que acontece, cómo mueve al lector hacia sus sentimientos y sufrimientos... Trollope es, precisamente, un maestro de los sentimientos, por eso digo, perdón por el burdo estereotipo, que las lectoras lo entenderían mejor que los lectores, pero claro, todo depende de la sensibilidad que se tenga y eso, estereotipos al margen, depende del individuo.
Una gran novela. Si decía Oscar Wilde: "la literatura es la forma más agradable de ignorar la vida", entonces leer a Trollope es la ocupación más agradable y adictiva para olvidar los sórdidos tiempos que nos han tocado vivir.


















