jueves, 5 de febrero de 2026

"Todos marcharon a la guerra", de David Vogel.

  Muy de cuando en cuando se dan generaciones de escritores que alcanzan la excelencia y pertenecen todos a un mismo país y una misma época. Es el caso de mis muy admirados Stefan Zweig, Joseph Roth, Alexander Lernet-Holenia, Leo Perutz, Joseph von Horváth, Franz Werfel y demás; todos esos eran austrohúngaros y de finales del XIX y principios del XX. Otro ejemplo sería la literatura victoriana, todos anglosajones y de la misma época que los anteriores. Son las llamadas "generaciones literarias", verdaderas joyas en las que confluyen escritores, como las generaciones del 98 o del 27 en España. Bueno, pues David Vogel pertenecía, hasta cierto punto al grupo del que he desgranado unos pocos nombres. Como ellos, Vogel nació a finales del XIX, concretamente en 1891; como ellos vivió en Viena buena parte de su vida; como muchos de ellos era judío... Y, por supuesto, era escritor. Diferencias hay, claro. Por ejemplo, Vogel escribió en hebreo y en yidis, a diferencia de los otros que siempre escribieron en alemán; además, Vogel era judío practicante, se supone que reformado, mientras que aquellos del grupo que lo eran (Zweig, Roth, Werfel o Perutz) lo eran sólo nominalmente, nunca habían practicado, al menos en su vida adulta.
 David Vogel, por otro lado, sufrió la suerte más brutal de los judíos (practicantes o no) que es la de ser repudiado por todos en la Europa de la primera mitad del siglo XX, hasta acabar siendo asesinado en un campo de exterminio nazi, el de Auschwitz. Previo a ello, como decía antes, Vogel sufrió el antisemitismo de otros, no nazis ni alemanes, sino franceses, que lo recluyeron en un campo de internamiento en los prolegómenos de la guerra. De esos años trata esta novela. Todos marcharon a la guerra es un libro publicado póstumamente, escrito en yidis, en el que relata la prisión en dos campos franceses.
 Todos marcharon a la guerra no es un diario, tiene una calidad literaria muy superior, narra en primera persona, pero urdiendo el relato de forma continuada, sin el prosaísmo habitual de los diarios. Parece ser que el relato es totalmente veraz, a excepción del nombre y profesión del protagonista, que cambia del Vogel escritor al pintor Rudolf Weichert, lo demás está comprobado como cierto. Y lo que narra, como antes adelantaba, es la prisión que soportó Vogel por el hecho de ser de origen austriaco (aunque llevaba años residiendo en Francia). Inicialmente, como digo, fue por ser nacional de un país enemigo (Austria había sido anexionada por Alemania, y ésta había declarado la guerra a Francia), aunque queda claro en la novela que el maltrato infligido, tanto por quienes habían decidido encarcelarlos (supuestamente, grandes hombres de Estado franceses) como por los carceleros que los vejaban a diario (pequeños ciudadanos de a pie, convertidos coyunturalmente en militares de baja graduación), era maltrato por ser judíos. Así, los hebreos son aislados del resto de los ciudadanos extranjeros y sus condiciones de supervivencia son mucho más duras que las de aquéllos. El maltrato va desde el hacinamiento en edificios abandonados llenos de piojos y pulgas, a los trabajos físicos extenuantes y una pésima alimentación. Todo ello llevaba a la consunción física de los internos y a la desesperanza y depresión psicológica, de presos que no habían cometido delito alguno, salvo el hecho involuntario de haber nacido en uno u otro lugar, o de pertenecer a un grupo étnico usado como chivo expiatorio a lo largo de los siglos. 
 Esos campos de internamiento en Francia, pues, no eran tan terribles como los campos de exterminio nazis, en los que se mataba de forma deliberada a cientos o miles cada día, pero no estuvieron exentos de la brutalidad y el salvajismo de aquella época. Son verdaderos motivos que tenemos para avergonzarnos de nuestro pasado reciente, pero, claro, es mucho más cómodo buscar otro chivo expiatorio y cargar las tintas contra él. En el caso de la Europa de la primera mitad del siglo XX, ese chivo expiatorio es, claro, el nacionalsocialismo. Como si no se hubieran producido desmanes y barbaridades en todas partes. 
 Bien, volviendo al grupo de escritores austrohúngaros al que hacía referencia al principio, otra diferencia notable de este tipo con ellos es la belicosidad contra un cierto europeísmo defendido por aquellos. Me explico: es muy evidente en Zweig, también en Roth, en Perutz, en Werfel, algo menos en Lernet-Holenia, muy poco en von Horváth una añoranza por una Europa en paz, una Europa civilizada y respetuosa, quizás semejante a lo que ellos vivieron en esa Austria-Hungría tan diversa. Stefan Zweig, especialmente y de forma explícita, era un europeísta convencido, verdadero creyente en un crisol de culturas que, si se mantenía en paz y respeto, era la más floreciente sociedad humana jamás creada. Desgraciadamente, la paz y el respeto, como ya sabemos, nunca se mantuvo y esa alta civilización saltó por los aires en numerosas ocasiones. Esta creencia de que Europa podía ser un referente de estabilidad social y alta cultura no se aprecia por ningún sitio en David Vogel. Al contrario, hay una denuncia de esa Europa, siempre emponzoñada con el antisemitismo, preñada de mezquindades y envidias, dispuesta siempre a pelearse con el vecino a la más mínima. Es evidente que esas dos Europas existen, labor nuestra (de los europeos inteligentes y cultivados) es que la primera prevalezca sobre la segunda.
 Diré, por último, que Todos marcharon a la guerra me ha recordado en numerosos momentos a la Trilogía de Auschwitz de Primo Levi, especialmente en la descripción pormenorizada y minuciosa de las barbaridades cometidas contra un grupo humano esclavizado. Eso sí, Primo Levi nunca se alistó en grupo social alguno (tampoco el de judío), sino que intentó que su espantosa experiencia personal, la de la prisión en el campo de exterminio, fuera una suerte de vacuna frente a los extremismos y sesgos (políticos, nacionales, étnicos, sociales...). Cuando Levi habla de antisemitismo lo hace para denunciar cualquier discriminación hacia una minoría por parte de la mayoría social, no particulariza en los judíos como víctimas. En Vogel sí se aprecia una suerte de corporativismo social en el ámbito hebreo, algo humanamente comprensible, pero que explica la mayor sensibilidad social e inteligencia de ese gran intelectual turinés que fue Primo Levi.

martes, 3 de febrero de 2026

Criaturas (poco deseables) de la biblioteca.

 

Imagen tomada del perfil de X de la Biblioteca de Castilla y León (@bclvalladolid)
 Con buen humor y bastante sentido artístico, la Junta de Castilla y León nos recuerda a toda esa fauna indeseable que puebla las bibliotecas. Hay que decir, no obstante, que son una exigua minoría, que la mayoría de los lectores y usuarios de las bibliotecas son/somos respetuosos con los libros, la biblioteca en sí misma y los bibliotecarios, más que nada porque la biblioteca es una segunda casa para nosotros y sin ella perderíamos la oportunidad de disfrutar de muchas obras que, bien porque estén descatalogadas o porque su precio es alto, de otro modo no disfrutaríamos. Pero, sí, todos hemos sacado libros de la biblioteca en las que un lector previo, aparentemente más listo que nosotros, nos ha subrayado las frases para que no se nos pasen. En fin, que alguno de esos ahí retratados se dé cuenta de que los libros son de todos, lo cual significa que hay que respetarlos especialmente. ¡Bravo por la iniciativa de la Junta!

sábado, 31 de enero de 2026

"El Stradivarius perdido", de John Meade Falkner.

  No conocía al tal Falkner, la verdad. Me enteré de su existencia por una reimpresión de la Editorial Valdemar, así que lo busqué en la biblioteca. Parece ser que era más un escritor diletante que otra cosa, pues su profesión tenía que ver con los negocios que estuvieran en auge en cada momento, como la industria armamentística (¿y cuándo no fue buena época para la industria armamentística?). Bien, situándolo espaciotemporalmente, este autor podría ser categorizado dentro de la llamada "literatura victoriana", aunque en su época más tardía, ya que, aunque viajó por medio mundo, residió mayormente en su país de nacimiento y origen, Inglaterra de finales del XIX y principios del XX. Lo cierto es que El Stradivarius perdido podría haberlo firmado algún gran autor de la época como Dickens o James, puesto que es, claramente, una "novela gótica", subgénero narrativo muy en boga en aquella época y por aquellos lares, que no era propiamente dicha novela de terror, pero que tiene muchos de sus componentes. Así, su argumento incide en lo sobrenatural pero sin cargar las tintas, dándole sólo un aspecto morboso al comportamiento del protagonista; los fantasmas están presentes aunque no claramente delineados, sólo insinuados; el final es siempre dramático, a veces un tanto exagerado, pues ha de terminar sí o sí con la muerte trágica del personaje principal; las ambientaciones son vetustos palacios (una abandonaba villa napolitana en esta novela), que parecen  exigir que haya un fantasma en nómina para que todo esté en orden... En fin, El Stradivarius perdido es, sin duda, novela gótica, concretamente lo que los anglosajones llaman "ghost story", que tuvo su época dorada precisamente en esa época a ambos lados lados del Atlántico.
 El argumento se centra en el malhadado John Maltravers, joven noble, estudiante en Oxford, que comprueba con terror como el fantasma de otro joven, vestido con ropas de un siglo antes, acude cada vez que toca una obra concreta al violín. Además, durante la búsqueda de un determinado libro en una alacena, encuentra un precioso Stradivarius oculto en un compartimento secreto. Además de la conocida etiqueta del famosísimo luthier ("Antonius Stradivarius Cremonensis faciebat 1719") lleva otra que incluye "Porphyrius philosophus"). Tras la comprobación de la autenticidad de esa joya musical, la suerte del joven Maltravers se trunca, aislándose de sus acompañantes y enfermando a ojos vista. En poco tiempo, la otrora lozana salud del protagonista se torna en palideces, debilidades y agotamientos sin solución. A pesar de los esfuerzos de sus deudos, Maltravers se aísla de todos y sólo quiere tocar su violín. Poco después se muda a Nápoles donde compra una enorme villa abandonada. No saldrá de allí, morirá el día de Navidad. La novela termina con un escrito de un tal Gaskell, amigo y compañero de estudios de John Maltravers, quien explica un poco lo ocurrido: el fantasma que se aparecía desde el principio era el de un antepasado, un tal Adam Temple, propietario también del Stradivarius escondido en la alacena; cuando Maltravers viaja a Nápoles, compra la villa que fue de su antecesor y descubre su cadáver en el sótano. La influencia de la vida de su antiguo pariente lo domina de tal modo que su vida pronto toca a su fin con un grado de consunción extremo.
 La novela toca de modo superficial la conversión de John Maltravers a una suerte de neoplatonismo como el practicado por Porfirio, ese filósofo sirio del siglo III y IV de nuestra era que promovía un acercamiento más popular a la religiosidad, además de las ventajas de la dieta exclusivamente vegetariana.  
 La novela, todo sea dicho, no es muy interesante ni está muy bien desarrollada; es bastante predecible en algunos momentos y carece de la profundidad de otras obras de este subgénero narrativo. Por otro lado, parece que el autor pretende dar un baño de erudición con la incorporación de esas teorías filosóficas, pero el resultado es un tanto ampuloso y artificial. Es, sin duda, una obra menor de entre todas esas de la novela gótica, una más, una de las menos atrayentes.

martes, 27 de enero de 2026

"Gente independiente", de Halldór Laxness.

  Cuarta novela que leo del Premio Nobel de literatura de 1955. Al igual que las otras tres, Gente independiente es un relato duro, sin concesiones al romanticismo de gentes igualmente duras, capaces de sobrevivir al brutal clima del norte de la isla con el mínimo resguardo que proporciona una mísera choza. A pesar de ello, las narraciones de Laxness no se regodean en la pobreza extrema, en la muerte de varios personajes en plena niñez o juventud, ni en el castigo sin solución de las nevadas, ventiscas y heladas, no, los textos de Laxness tienen una cierta épica, de modo que sus personajes son semejantes a héroes epopéyicos capaces de afrontar todas las dificultades sin apenas hacer un mohín. Además, algo común en el autor islandés es el desdén con el que se habla de los habitantes del sur, de Reikiavik principalmente, presentándolos como seres caprichosos e infantiloides que sólo sirven para intrigar como políticos; frente a ellos, los septentrionales son tipos callados, sobrios, incapaces de mentir... Supongo que esto, que a nosotros, claro está, nos trae al pairo, será un tema de discusión habitual entre los islandeses, generando todo tipo de polémicas facilonas de esas que tanto gustan a los periodistas y otras gentes de mal vivir. Así que, quién sabe, igual Laxness no es tan querido en su país como cabría suponer.
 El argumento de Gente independiente se centra en Bjartur, que por vivir en una choza miserable a la que el bautiza como "Casa estival", (aunque antes era conocida por "Casa invernal") llevará en adelante el nombre de Bjartur de Casa estival. Este tipo es el paradigma de hombre adaptado al terreno y a las dificultades del clima, pero también lo es de tozudez e insensibilidad. Todo su afán es ser un "hombre independiente", lo que da razón al título, es decir, no tener deudas de ningún tipo con nadie, especialmente con bancos o con la parroquia (que parece ser, en esa época y país, ayudaba a las personas de economía vulnerable con lo que podrían denominarse "créditos blandos"). Bjartur vivirá en una choza sin calefacción, agua corriente o electricidad; centrará toda su vida en las ovejas, a las que da más importancia que a las personas (a cuya muerte asiste indiferente); y luchará por no contraer deuda alguna, aunque se muera de hambre. Es, pues, una historia de autarquía, algo que probablemente dominó buena parte de la historia de Islandia, no sólo en el remoto norte. 
 Junto a Bjartur conviven (además de las ovejas, verdaderas protagonistas) unas pocas personas que sufren su carácter pétreo. Entre ellas, sus dos mujeres, que morirán en terribles circunstancias (la primera, de parto, y la segunda de pura consunción), que dejarán hijos que habrán de llevar también vidas terribles (dos de ellos también morirán en su primera infancia); también les acompañan los animales, que como digo son mucho más valorados por Bjartur, y no sólo las ovejas, los perros e incluso los caballos son vistos como verdaderos compañeros de desgracias.
 Una de las virtudes más notables de la lectura de obras como esta es la capacidad que tiene una persona inteligente y cultivada en conectar emocional e intelectualmente con culturas alejadas de la propia, lo cual enriquece notablemente al lector. Sí es cierto que la dureza del medio y de la vida en general es un tema recurrente en cualquier literatura, incluyendo la nacional. Estoy pensando ahora, por ejemplo, en autores como Vicente Blasco Ibáñez, cuyas narraciones de personajes ligados a la Albufera de Valencia y zonas aledañas desprenden una dureza no tan lejana a las islandesas.
 No voy a ocultar que la lectura de Gente independiente se hace ingrata en algunos momentos. Las más de seiscientas páginas de desgracia tras desgracia lo llevan a uno a pensar en el abandono, pero la prosa de Laxness no es farragosa, al contrario, es bastante rápida, con pocas frases subordinadas y poca adjetivación, lo que contrarresta la dureza temática. Es, pues, una gran novela, en todos los sentidos. Supongo que en Islandia será lectura obligatoria (junto con otras novelas de Laxness) a partir del equivalente suyo al Bachillerato; en el resto del planeta debería ser leída como modelo de excelsa calidad.

sábado, 17 de enero de 2026

"Jude el oscuro", de Thomas Hardy.

  Otra inmensa novela de uno de los autores victorianos menos reconocidos fuera de Inglaterra, Thomas Hardy. Como en Tess, la de los d'UbervilleLejos del mundanal ruido, El alcalde de Casterbridge o Unos ojos azules, los trágicos personajes de Jude el oscuro luchan contra unas pasiones que no pueden controlar y contra los prejuicios sociales que les impiden progresar. La novela fue publicada por entregas entre 1894 y 1895, y parece ser que un obispo anglicano llegó a quemar en pira pública varios ejemplares por ofender el "santo sacramento del matrimonio". Y sí, efectivamente, se denigran los matrimonios fracasados que hacen desgraciados a sus contrayentes, pero, sobre todo, se vituperan las estúpidas convenciones sociales que sacan lo peor del ser humano, como las murmuraciones, el afán de "hacer leña del árbol caído" y los prejuicios de clase. Todos esos vicios sociales, que son tan frecuentes al principio del siglo XXI como a finales del XIX, han emponzoñado el corruptible espíritu humano desde que el primer australopithecus se bajó del árbol, y eso no tiene nada que ver con la religión y con las costumbres occidentales... ¿o sí? Es muy fácil desde 2026 pensar que se reprueba la sociedad victoriana, pero lo cierto es que si bien hoy no existen esos matrimonios como verdaderos  grilletes, al menos en Occidente, los prejuicios sociales y la pura fortuna de haber nacido en una familia u otra (o, sobre todo, con una salud u otra) marca indeleblemente la vida del individuo también en nuestros días.
 El argumento de la novela narra la vida de Jude Fawley, un chico de familia humilde que añora la vida del estudiante de teología en la cercana ciudad de Christminster (evidente referencia a Oxford), pero su situación social lo obligan a emplearse como aprendiz de cantería. Además, apenas salido de la adolescencia, empieza el juego eterno del amor y el sexo con una vecina, Arabella, que, usando uno de los más viejos trucos para cazar a un hombre, fingir un embarazo, fuerza a Jude a abandonar sus sueños. Pero la atracción física no es amor. El matrimonio entre Jude y Arabella está fracasado desde el principio, cuando ella admite haber mentido sobre el embarazo. Arabella abandonará a Jude para irse a Australia con sus padres. Por otro lado, Jude conoce a Sue, totalmente diferente de Arabella, pues es un alma sensible con afán de erudición. El amor, ahora sí, surge entre ellos, pero de nuevo el dinero (su falta) se interpone y los separa. Ella se casará con un maestro, antiguo conocido de Jude, que le saca más de veinte años. Cuando ya parece que no pueden torcerse más las cosas, Arabella regresa de Australia, pero se casó fraudulentamente en las antípodas, es, pues, bígama. Por su parte, Sue es profundamente infeliz en su matrimonio, la diferencia de edad y de caracteres se interpone entre ellos; además, Sue sigue enamorada de Jude, aunque su férrea educación le impide incluso pensar en él. Otra complicación más: Arabella confiesa a Jude que se fue a Australia embarazada de un hijo suyo, que ahora es mozo, y que vuelve a Inglaterra. Arabella quiere que Jude lo críe, éste acepta. El otro lado de la pareja, Sue, se separa de mutuo acuerdo de su marido, quedando libre (en el sentido real aunque no en el legal) para juntarse con Jude, lo que hacen. Pasa el tiempo, Jude y Sue finalmente viven como pareja, tienen hijos (dos propios, otro en camino y el de Arabella), pero la presión social los margina. La gente sabe que ambos están casados por otro lado y que entre ellos no hay papel alguno, con lo que incluso un simple cantero no encuentra trabajo. Empieza a cundir en Sue la idea de que su vida en común es inmoral y que la vida los castiga; el chico mayor, el de Arabella, emponzoñado de tristeza, asesina a sus hermanastros y luego se suicida; Sue, de la aflicción aborta a su feto. La tristeza y la desesperanza se abate sobre los dos jóvenes. En un afán de normalizar sus respectivas situaciones de pareja ante la sociedad, vuelven con sus parejas anteriores; pero Jude está enfermo, no sólo psicológica sino también físicamente. Finalmente, Jude Fawley morirá, tras llevar una vida de perros, "con menos de treinta años".
 En fin, no diré que es una novela optimista, no me gusta mentir. Deja una sensación muy amarga, de incapacidad de luchar contra esas estúpidas convenciones sociales a las que antes hacía referencia, o incluso el destino fatal que a todos abruma.
 Entre los defectos de forma, si es que se puede decir que es tal, citaré que la novela tiene demasiados altibajos, quizá los necesarios para atrapar a los lectores que compraban la publicación  periódica en la que se fue editando la novela. Vaya, que era necesario enganchar a los seguidores con un desastre tras otro, alternando con esperanzas de solución. Este "defecto" es común  a toda la literatura victoriana y acaba dando una sensación un tanto deslavazada de las novelas.
 De las virtudes (citaré una porque son muchísimas las razones para seguir leyendo literatura de este periodo) destaca la perfecta armonía entre narración y descripción, dando lugar a un texto ágil, pero a la vez bien descrito. La descripción de personajes, en concreto, es excelsa, dando una verosimilitud a los protagonistas que es difícil de encontrar en otros autores; la evolución del carácter con respecto a las circunstancias vividas dan una redondez extraordinaria a esos personajes.

Inciso musical: octavo concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Brahms, Schönberg y Beethoven.

  Ayer, el concierto de la OSCyL estuvo dirigido por el estadounidense Erik Nielsen, ya que la batuta habitual, Thierry Fischer, se encontraba enfermo. De nuevo, un concierto contrastante, con la delicadeza romántica con sabores clasicistas de Brahms, la ruptura estilística de Schönberg y la excelencia sin par de Beethoven. 
 Uno de los temas más recurrentes (y más interesantes) del Romanticismo musical es la llamada "Guerra de los románticos" (bendita guerra, la única que no mataba a nadie sino que sirve para enriquecernos culturalmente a todos) en la que unos pocos, relacionados o asentados en Leipzig, de gustos más conservadores, menos rompedores con el clasicismo, entre los que se encontraban Brahms o Mendelssohn por un lado; y, en el otro lado, asentados en Weimar, los más innovadores en las formas, encabezados por Liszt y Wagner. Los primeros preferían la sinfonía y otras formas musicales ampliamente desarrolladas en el periodo clásico, mientras que los segundos abogaban por la música programática, con el poema sinfónico como forma distinguida. Parece que esa "guerra" acabó incluso con silbidos y abucheos cuando se programaba la música de uno u otro compositor... Bueno, casi dos siglos después lo que queda son formas distintas de sentir y entender el nuevo estilo de entonces, el Romanticismo, pero está claro que tanto Brahms y Mendelssohn como Liszt y Wagner son inmensos compositores que han enriquecido la música culta de una forma que sólo antes habían conseguido Bach, Mozart o Beethoven. Que nos guste una forma más parecida al clasicismo o los poemas sinfónicos (que tantísimo disfruté en mi adolescencia y juventud) es pura cuestión de preferencia personal o del momento. 
 Bien, de Brahms se interpretó ayer las Variaciones sobre un tema de Haydn, pero parece ser que ese tema del padre de la sinfonía clásica, Coral de San Antonio, no era propiamente suyo sino una melodía popular interpretada por los peregrinos que iban hacia una capilla erigida en honor de San Antonio de Padua. Sea como fuere, Brahms eleva esa melodía popular a la categoría de música culta en una de las formas más bellas y exquisitas jamás creadas (y de las que Mozart fue gran maestro), los divertimenti
 Para contrastar a más no poder, las Variaciones para orquesta, opus 31 de Arnold Schönberg, obra clave del dodecafonismo, que acabaría (hay quien afirma "degeneraría") en la música atonal. De hecho, Schönberg inicia la técnica de los doce tonos con esta obra, siendo sus discípulos, luego maestros consagrados, Alban Berg y Anton Webern. El propio Schönberg era un erudito musical, y su dodecafonismo un desarrollo reflexivo sobre la música culta occidental desde sus inicios. Eso no lo duda nadie. Pero el resultado final de la música dodecafónica, no digamos ya la música atonal (sigo pensando que esa expresión es un oxímoron) acaba degenerando en piezas discordantes e inarmónicas que, todo lo más, podrían servir como música incidental de películas (de películas de terror, claro). En definitiva, que el gran público de los principales auditorios del mundo (a los cuales asiste un porcentaje insignificante de la humanidad, pero, al menos, los pocos que tienen afán de cultivarse) desdeña el dodecafonismo y la música atonal como un camino equivocado que tomó la música culta (ni siquiera, algunos compositores de música culta) y que, décadas después fue abandonado por todos. Si se sigue interpretando a Schönberg hoy en día es porque está fuera de toda duda que fue un autor de elevada erudición y, aquí está lo más terrible de todo, porque fue rechazado como "música degenerada" por las autoridades del Tercer Reich. Pero, claro, eso es precisamente lo que se llama "falacia ad hominem", que consiste en aplicar con generalidad los atributos de un individuo a otros que afirmen lo mismo. Así, con esa falacia ad hominem cabría decir la barbaridad de que si los nazis consideraron a Schönberg música degenerada, todos los que detestan a Schönberg son nazis. Una estupidez evidente, ¿verdad? Sí, evidente para todos, pero aun así, hoy en día, gente cultivada con grandes conocimientos musicales tiene miedo a decir públicamente que no soportan a Schönberg no vaya a ser que alguien, aplicando esta falacia ad hominem, pueda decir que no tienen ni idea de música o, peor aún, que tienen el mismo gusto musical que los nazis. Bueno, un servidor, a sus cincuenta y cinco años, no tiene ya necesidad alguna de aprobación externa, por lo que afirmo sin rubor: no soporto la música de Arnold Schönberg.
 Bien, para demostrarnos a todos que existe un futuro esperanzador, que siempre nos quedará París... quiero decir, Beethoven, la OSCyL interpretó la Sinfonía nº 8 de Beethoven, plasmación ineludible de ese magno proyecto que se planteó nuestra orquesta hace ya tres años, la de representar las nueve sinfonías del genio de Bonn a lo largo de tres temporadas. Y, claro, todo lo anterior sentido con Schönberg: desasosiego, incomodidad, un punto de indignación... es sustituido por sosiego, confort, regocijo y reconciliación con el mundo y la humanidad. 
 Hablando con un compañero y amigo de auditorio, la Octava sinfonía es una de las sinfonías de Beethoven que menos habíamos escuchado. Habré escuchado cientos de veces la Sexta, sobre todo para elevar el espíritu, pues, creo haberlo escrito ya en este humilde blog, es una obra de un optimismo que me permite seguir alentando y luchando contracorriente; la Novena, con su complejidad estructural, una obra inigualable, que a veces entusiasma y otras cansa un poco, pero nunca decepciona, también la escuché decenas de veces; la Quinta sinfonía con sus arpegios de inicio tan reconocibles, también escuchada en multitud de ocasiones; la Tercera, la Heroica, con esos movimientos tan enérgicos y distintivos... Pero las otras se han escuchado menos (en mi caso, al menos, poco en mi juventud, pero en mi madurez me ha dado alguna vez por escuchar las nueve sinfonías seguidas, lo cual supone casi diez horas de audición). En todo caso, es una sinfonía de Beethoven, por tanto una obra maestra que, escuchada con calma me reconcilia con el género humano, como decía antes. 
 Parece ser que el propio Beethoven daba menos importancia a esta sinfonía, llamándola su "pequeña sinfonía en fa", sin duda para diferenciarla de la Sexta, que también es en fa mayor. El tono es fa mayor también en la Octava, lo cual redunda en unas melodías optimistas que se estructuran en cuatro movimientos, todos allegro excepto el tercero, un minueto; en esos movimientos alterna los compases ternarios con los binarios. Ya expliqué con anterioridad como todos los musicólogos se ponen de acuerdo a la hora de dividir la obra beethoveniana en tres periodos, temprano, medio y tardío, suponiendo cada uno de ellos un alejamiento del clasicismo musical y una profundización en el estilo propio que lo haría inconfundible. Así, en el primer periodo, en el cual se encontrarían las dos primeras sinfonías entre otras obras, Beethoven mantiene las formas de sus tremendos predecesores, Haydn y Mozart; en el periodo intermedio o heroico, la crisis personal y la sordera incipiente lo lleva a crear una música más enérgica, más romántica, menos clásica, incluyendo aquí seis sinfonías, entre ellas la Octava; por último, en su periodo tardío, incluye muchísimas innovaciones en la forma y en el fondo, que tomarán cuerpo en la Novena sinfonía. Pues bien, a pesar de haberla compuesto en 1812-1813, la Octava sigue teniendo algunas melodías más clasicistas, no tan líricas y pasionales, sino más comedidas. En todo caso, una obra con melodías y arpegios perfectamente reconocibles y memorables, una obra maestra.

domingo, 11 de enero de 2026

"New Year Haiku", by Grant Snider (www.incidentalcomics.com).

Image taken from the website www.incidentalcomics.com

"El libro de Blanche y Marie", de Per Olov Enquist.

 Octava novela que leo de Enquist. No quedan muchas muchas más "vertidas" al español. Como tantos otros escritores, Per Olov Enquist tenía unos cuantos temas en su cabeza que le ocupaban y a los que dedicó las que fueron sus mejores novelas; concretamente el hecho de haber nacido en la región de Västerbotten, en una provincia del norte del país (recordemos que la mayor parte de la población de Suecia se agolpa en el sur, donde el clima es más benigno), así como tener parte de la familia de origen finés (lo cual no es tan extraño en esas localizaciones suecas) por parte materna ocuparon los temas principales de La biblioteca del capitán Nemo o de El libro de las parábolas, probablemente las mejores novelas del sueco. En ellas hay temas que no son fácilmente entendibles para un europeo meridional, como, por ejemplo, el concepto del "Gran Norte", como un territorio adverso a cualquier actividad humana, sin duda de una belleza paisajística enorme, pero durísimo para habitar. Supongo que, comparando con la vida cosmopolita de Estocolmo, el norte de Suecia debe ser para los propios suecos un territorio terrible pero extrañamente atractivo, tal vez como un abandonado útero primordial, no sé... Lo que sí sé es que en otros autores escandinavos, Hamsun, por ejemplo, también hay esa referencia al "Gran Norte" de Escandinavia como esos lugares de origen nacional, lugares de promisión, incluso, a pesar de la dureza de la vida allí. Además de eso, como decía, el tener familia de origen finlandés, que será una rareza en Estocolmo, pero frecuente en Västerbotten también está presente. Pero quizá ocupa más espacio en esas novelas la tendencia a la demencia, no se sabe si hereditaria o provocada por la dureza vital, pero que afectó a varias mujeres de su familia, y que pesaba como una losa sobre la cabeza del escritor. Esos son los temas, y tal vez alguno más que se me escape, que poblaban la cabeza de Per Olov Enquist y que, quizá, lo forzaron a ser escritor. Pero, puesto que el tipo ya había demostrado gran capacidad narrativa, se vio obligado acaso a buscar otros temas para sus novelas y así seguir ahondando en esa profesión tan inusual. La llamada "novel histórica" es un filón, sin duda, para estos escritores, y El libro de Blanche y Marie podría caer en esa categoría.
 Porque El libro de Blanche y Marie toma personajes y hechos reales del pasado y le añade otros ficticios. Esto crea una cierta polémica, pues, aunque todo el mundo entiende que estamos ante un libro de ficción, los personajes no lo son, con lo cual, para muchos, parece una forma de perjudicar personas reales, algunos con descendencia que se puede sentir ofendida. Eso, por ejemplo, se criticó en esta novela, que Enquist imaginara una relación amorosa entre Blanche Wittman y el famoso neurólogo francés Jean-Martin Charcot.
 En fin, el argumento de El libro de Blanche y Marie se centra en las vidas de Blanche Wittman, residente en ese gigantesco hospital psiquiátrico que tenía más de cárcel que de otra cosa que fue la Salpêtrière, donde llegaron a hacinarse más de diez mil personas, y de Marie Curie, la célebre química que recibió dos premios Nobel. Blanche quedó perpetuada en el célebre óleo de André Bouillet, Une leçon clinique à la Salpêtrière, en la que también aparece Charcot. La pobre Blanche fue un alma atormentada, con una infancia terrible, enferma de lo que entonces se llamaba "histeria", que fue conejillo de indias de esos famosos neurólogos como Charcot o Tourette, y que, finalmente, tras años como ayudante de radiología, desarrolló tumores en las extremidades, lo que obligaron a que fueran amputadas. Todo ello antes de morir con cincuenta y cuatro años... De Marie Curie, cualquiera pensaría que su vida fue éxito tras éxito,toda vez que no hay todavía nadie que haya recibido dos premios Nobel, aunque uno de ellos fuera compartido con su marido, Pierre. Lo cierto es que la química franco-polaca también pasó lo suyo, con la muerte de Pierre Curie, atropellado por un coche de caballos, o con la relación adulterina con Paul Langevin, que la convirtió en blanco de la ira de todos los medios de comunicación franceses que la trocaron de científica genial en arpía destructora de matrimonios; ya lo último fue el envenenamiento por radio que le provocó una anemia aplásica que la mataría con sesenta y seis años. En fin, vidas complicadas que Enquist complica un poco más al establecer una relación entre ellas que no está acreditada, así como esa relación médico-paciente entre Charcot y Witt que se salió de madre.
 Los temas de la novela son, principalmente, el amor y la muerte. El amor (se repite en numerosas ocasiones la máxima Amor omnia vincit) con un punto de apasionamiento, de desesperación incluso, como una forma de posponer la enfermedad y, en última instancia, la muerte. Por supuesto, también se denuncia la barbarie de la época concretada en el Hospital de la Salpêtrière, como decía antes, una verdadera ciudad-cárcel, donde miles de pobres almas malvivieron y perdieron sus vidas entre verdaderas torturas. Enquist estructura su novela en tres partes, los tres ficticios libros que escribe Blanche, nombrados por el color de sus portadas: amarillo, negro y rojo, así como una coda final.
 Es, pues, una novela con su punto de dureza, por las vidas sufrientes, pero también por la desesperanza ante la muerte de sus personajes. Enquist no añade romanticismo ni heroísmo alguno a sus acciones, se limita a urdir una trama con mucho material real y algo inventado; la sordidez del hospital o de las enfermedades no son ocultadas al lector, que asiste omnisciente a la degeneración física de sus protagonistas.

martes, 6 de enero de 2026

Epifanía del Señor.

Di Tommè, Luca (1360-1365). La Adoración de los Reyes [temple y oro sobre tabla]. Museo Nacional Thyssen Bornemisza, Madrid.
Imagen tomada del sitio www.museothyssen.org

domingo, 4 de enero de 2026

"Boda nocturna", de Alexander Lernet-Holenia.

  Me ha pasado ya varias veces: conozco a un autor (generalmente desconocido para las masas) y comienzo, lógicamente, leyendo sus obras más famosas y apreciadas; tras engancharme con sus virtudes literarias, sigo leyendo más  y más obras, cada vez más difíciles de encontrar; acabo por leer las primeras novelas o las menos exitosas, y es entonces cuando empiezo a desilusionarme con el autor en cuestión. He leído ocho libros de Lernet-Holenia (nueve novelas), y precisamente la última, Aventuras de un joven caballero en Polonia, me ha parecido anodina, farragosa, anticuada y sin aliciente, nada que ver con excelentes novelas como El barón Bagge, Marte en Aries, El conde Luna o El estandarte. Hay que decir, en todo caso, que esa novela fue la primera que publicó, en 1931, siendo lo anterior poesía y teatro. Todo requiere un aprendizaje, "al mejor escribano le sale un borrón", reza el dicho popular. 
 El volumen de Ediciones G.P. (editorial ya difunta, esfuerzo empresarial del catalán Germán Plaza, que con esta colección Reno inundó los hogares españoles en la segunda mitad del pasado siglo) que he leído es del 73, lo encontré en la plataforma iberlibro.com, y me sorprendió un tanto la portada, muy anticuada y un tanto cursi, tanto que parecía propia de una novela rosa escrita por Corín Tellado, por ejemplo. Para evitar errores, escaneo la portada de la sobrecubierta y también la portada interior, mucho más austera.
 La primera novela es Boda nocturna, de mucha mayor calidad que la que he mencionado antes y en la que es más reconocible el autor vienés. Un conde polaco con apellido de reminiscencias germánicas, Sommerstorff, se encarga de llevar una joven campesina a la corte de Varsovia. Ambos viven un tórrido romance de camino de la capital polaca. La tal Marusia no es, como aparentaba, una joven rústica sino una princesa que fue dada en adopción a unos labriegos, y se llama María Sorel. Es hija de un noble y de una americana. Ahora, a su mayoría de edad, debe cumplir con su papel de casar con el archiduque para consolidar la situación dinástica del país. Para sorpresa del joven conde, todos en la corte conocen la relación que ha tenido con la princesa, y a nadie parece importar. En realidad, lo que ocurre es que María es heredera de una enorme fortuna por vía materna, de la que el archiduque pretende apoderarse para apuntalar la situación de la corona tras asesinar a la joven una vez ésta sea su mujer. Por supuesto, el heroico conde desbaratará los planes de boda y el asesinato el mismo día del enlace, al infiltrarse en el cortejo nupcial. El elemento mágico en esta novela, tan frecuente en Lernet-Holenia, consiste en apariciones de fantasmas de fallecidos que asedian a Marusia.
 La segunda novela incluida en este tomo, Las aventuras de un joven caballero en Polonia, también tiene como protagonista a un joven noble en edad militar, el cual tiene que pasar desapercibido, pues es un húsar del ejército austrohúngaro en la Polonia ocupada por el Imperio ruso. No encuentra otra forma de esconderse que vestirse de mozuela, Kascha se llamará ahora el teniente Keller. Así quedará hasta la liberación de la zona por tropas alemanas, liberación en la que participará heroicamente.
 Ya digo, esta segunda novel es muy floja, una opera prima en el plano narrativo, todavía muy lejos de la excelencia que alcanzaría su autor en años venideros.